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Igea transfigurado

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18.03.2026

Creado: 18.03.2026 | 06:00

Actualizado: 18.03.2026 | 06:00

Ahora que se retiró de la vida política Francisco Igea, y lo hizo en el Grupo Mixto de las Cortes autonómicas, con la consideración oficial de tránsfuga, a uno le ha dado por pensar en ambas figuras. El transfuguismo, aunque en su caso fue expulsión de Ciudadanos, es una de las cosas «trans» que no están demasiado bien consideradas, como los transgénicos. Pero a mí me parece que el suyo es un caso merecedor de estudio, ya que, más que transfuguismo, uno lo estimaría «transfigurismo»: pasó de colaborador necesario con cargo de vicepresidente en el gobierno autonómico a látigo de consejeros. Es exactamente el mismo proceso, aunque a la inversa, sufrido por el parlamentario nacional Gabriel Rufián, quien de crítico feroz se transfiguró en consejero en la sombra y conciencia —los republicanos catalanes sospechan que de conveniencia— de un gobierno de amplia coalición al que él no pertenece oficialmente.

El transfigurismo creo que se trata de un asunto de senectud parlamentaria, independientemente de los años que uno lleve en el escaño o la edad que tenga. Los cuerpos envejecen más o menos al mismo ritmo en todas las personas, pero las mentes tienen sus peculiaridades y hay quien a los veinte años ya está maduro y quien a los setenta sigue siendo adolescente. El asunto es que la ancianidad, aunque sea ideológica, se caracteriza por un hacer lo que a uno le apetece, sin pararse en barras de conveniencias ni convenciones sociales o, en este caso, políticas. Igea y Rufián son, ideológicamente hablando, viejos prematuros que han decidido tirar por el camino de en medio y representarse a sí mismos y no a unas siglas. Igea llamando «Sarantonja» al exconsejero de cultura Gonzalo Santonja, despertando la carcajada del compañero del grupo mixto a su lado, es como Rufián cuando iba al congreso y sacaba una impresora republicana o unas esposas.

Ese pasar al otro lado de la propia personalidad y manifestarse sin filtros, como quien está de vuelta de todo, en plan «Django desencadenado», liberado de la esclavitud de las formas, maneras e ideas aceptadas por adocenamiento, en ocasiones produce arrebatos de sinceridad curiosos. Por ejemplo, el decálogo de once puntos (sic) sobre el Lexit o separación amistosa entre Castilla y León que Igea publicó a modo de testamento político en un hilo de X, reconociendo que no existe identidad autonómica alguna.


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