menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Constitución y cine español

13 0
06.04.2026

06 de abril 2026 - 03:07

Un desocupado y generoso lector me escribía a propósito de la columna que publicaba aquí el pasado lunes, refiriéndome a cómo el cine neorrealista italiano contribuyó al mito de la Constitución republicana, dando estética a un “nosotros” donde el pueblo podía reconocerse como un sujeto legítimo tras el periodo fascista. Por taumaturgia, como dice Josu de Miguel, todos los italianos fueron convertidos en partisanos. También hay un cine de la Transición en España, me dice este lector, y sin él es igualmente imposible entender ese periodo de nuestra historia. La afirmación me parece irreprochable, aunque también compatible con la tesis de que ese cine de la Transición no ofreció una estética o mitología compartida que diera identidad al nuevo orden político. Y la razón de ello es porque aquel cine –aquella cultura, podríamos decir– tuvo como razón de ser liberar el yo y no construir un nosotros. Así, las películas explicativas de ese periodo descansan muy a menudo sobre irreverencias sexuales y travestismos (Pepi, Luci y Bon, Ocaña, Vestida de Azul...), relatos de hijos ingratos y ansiosos de disolución familiar (El desencanto) o sobre el paraíso personal de la droga (Arrebato, El pico). No hay, creo, retrato más intuitivo de esa sumisión de lo político a la libertad individual descarnada que el que ofrece el gran Gonzalo García Pelayo en Vivir en Sevilla, su obra maestra. El plano de Ana Bernal, heroína sexual de la película, leyendo con desdén artículos de la recién aprobada Constitución, mientras habla con uno de sus amantes, es la mejor alegoría de esa adhesión puramente liberadora al nuevo orden. El cine de la Transición es, podríamos decir, más un cine para ávidos españoles que un cine español. Esto no quiere decir, sin embargo, que ese cine en cuyas formas el pueblo podía reconocerse sin máscaras no se diera. En 1957 escribía José Bergamín, tras ver el Calaboig de Berlanga en París, que aquella película “nos hablaba de lo español, en ese bárbaro españolísimo lenguaje cinematográfico”. Esa forma que nos permitía volvernos a mirar –nuestro cine, digamos, de sustrato republicano– se rodó, peregrino y extrañado, durante el propio franquismo. Explicar con orden por qué se pierde esa tradición estética del nosotros, ese cine español es algo que nos deben los críticos Alfonso Crespo y Manuel Lombardo. Aunque este año tampoco será. Moran ambos en Sevilla y todos sabemos que aquí lo que no se ha hecho antes del Domingo Resurrección ya no podrá hacerse en las estaciones siguientes, la del calor y la de Navidad.

También te puede interesar

José Antonio Carrizosa

Vox: ni contigo ni sin ti

Tradición y modernidad

Laicistas desnortados

La OTAN en tiempos de Trump

Elogio de las cosas que no nos gustan

Una Semana Santa de categoría, cuidemos las hermandades


© Diario de Jerez