Reivindico mi derecho a odiar
Reivindico mi derecho a odiar. A odiar poco, a ratos, pero con plena propiedad. Odio el baldosín traicionero que te convierte el calcetín en esponja. Odio al del altavoz humano que, a las ocho de la mañana, decide que todos vamos a conocer el historial médico de su cuñado. Odio las manos sudadas que se abalanzan sobre la mía en nombre de la cordialidad. Odio el olor a humanidad abandonada en el bus de las tres de la tarde. Y sí, también odio –con un odio limpio, higiénico, profiláctico– que un Gobierno pretenda legislar lo que pasa por mi cabeza mientras él mete la mano donde no debe.
Porque ahora la gran obsesión de nuestros próceres no es la corrupción, ni los contratos a dedo, ni las comisiones que huelen a paraíso fiscal. No. El enemigo público número uno es “el discurso del odio”. El odio, dicen, es peligrosísimo. Sobre todo, cuando va dirigido a ellos. Qué casualidad. El mismo Gobierno que no........
