Bajo los cascotes está Dalt Vila
Me enamoré de Dalt Vila a primera vista, como tantos otros. Cuando llegué con la ingenuidad en la maleta, junto a dos camisetas mal dobladas y una torpe idea de la belleza. Aquel perfil de murallas y casas trepando la colina tenía algo de fortaleza cansada, en la que destacaba una enorme tela con la leyenda ‘Salvem ses Salines’. Me enamoré de inmediato ya digo. También porque uno es muy dado a enamorarse de lo que parece eterno, aunque se esté cayendo a trozos.
Dalt Vila era más áspera, más ruinosa que ahora. Los empedrados eran una conspiración para que el paseo incluyera siempre un tropiezo. El castillo no era ese flamante Parador de hoy, sino un cuerpo noble venido a menos, con ventanas cuyos marcos colgaban como si la arquitectura hubiese tirado la toalla. Había decadencia, sí, y también una verdad que cuesta encontrar en las ciudades restauradas: esa mezcla de grandeza y desgaste que nos recuerda que la historia no es una postal.
Luego llegaron las mejoras, necesarias. Las viviendas rehabilitadas, los edificios recuperados, los pavimentos homogéneos... Hoy Dalt Vila vuelve a estar medio levantada, y tampoco es una rareza. Las ciudades se arreglan abriéndolas en canal. La molestia de las obras es el peaje del porvenir. Pero incluso el porvenir debería saber usar un calendario. Porque aquí no irrita solo la zanja, sino la sospecha de que alguien no miró el reloj. ¿Sabía el Ayuntamiento que las obras no llegarían a Semana Santa? ¿Se avisó de verdad a vecinos, negocios, cofradías... a todos esos figurantes involuntarios del progreso?
Dalt Vila ha sobrevivido a siglos, asedios y modas, de modo que sobrevivirá también a esta coreografía de vallas, polvo y plazos elásticos. Lo que no sé es si aprenderemos alguna vez que una ciudad histórica no se gestiona solo con proyectos, sino con memoria y tacto. Algún día cerrarán la última zanja y nos prometerán que todo ha merecido la pena. Y hasta puede que sea verdad. O casi.
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