La pulsera «funcionó correctamente»
La pulsera de la víctima de Sant Antoni «funcionó correctamente»: su torturador le partió los huesos de la cara, le destrozó el cráneo, le provocó una hemorragia cerebral, le rompió el brazo, le perforó los pulmones... y todavía tuvo tiempo para fumarse un cigarrillo entre golpe y golpe. ¿Es esta la protección que debe esperar del Estado una mujer maltratada? ¿Ese es el «funcionamiento correcto» del dispositivo de vigilancia del que presume el ministerio? Pues no se diferencia tanto de cuando no funcionan.
No quiero imaginar la agonía y el terror que ha sufrido esta chica, ni las secuelas que arrastrará si sobrevive. Si su pulsera «no sonó», como denuncia la familia, es un fallo escandaloso. Y si lo hizo y la ayuda no llegó a tiempo de impedirlo, también, porque igualmente la dejaron sola. Porque el fin de este sistema no es registrar palizas, sino evitarlas. Que alguien nos explique, además, cómo es que se conceden órdenes de alejamiento de solo cien metros. ¿Es para alterar lo menos posible la rutina de los agresores, no sea que se les cause alguna molestia? Cien metros no son una barrera real frente a un posible homicida, sino una vergüenza. Se cruza en segundos. Si esos salvajes quieren matarlas, cuando llegue la policía ellas estarán muertas.
Pilar (38 años), Czarina (43), María Isabel (58), María del Carmen (78), Victoria (33), María Belén (52), Ana María (64). A 18 de febrero, al menos siete mujeres, según los datos oficiales, han sido ya asesinadas por sus parejas o exparejas este año en España. Todavía, mientras escribo estas líneas, no han incluido en los listados a María José y Noemí, madre e hija degolladas en Castellón, y por cuyo crimen han detenido al exmarido de una y padre de la otra. Ni a la mujer estrangulada ayer en Madrid. Tenía 37 años y dos hijos.
Más de cien mil víctimas están en el sistema VioGén, y esto es solo la punta del iceberg de unos datos sobre violencia machista que estremecen. Una cárcel de malos tratos, humillaciones y miedo que sufren miles de mujeres. El primer paso para liberarse es denunciar. Pero cuando una víctima reúne la valentía para hacerlo, el sistema debe saber también responder, sin excepciones ni fallos: están pidiendo ayuda para sobrevivir. Y frente a esto no caben excusas. Ninguna pulsera «suena» cuando no protege. Si una mujer acaba en el hospital con el cráneo destrozado, han fracasado.
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