«Me queda la palabra»
Leo que Jürgen Habermas murió este 14 de marzo y me ha dado yuyu. No era un chaval, no, pero en estos tiempos escasean estos humanistas demócratas, que al menos cuestionan que la vida se fundamente exclusivamente en intereses económicos.
No era un filósofo de salón, se tiraba al barro para opinar e intervenir en los acontecimientos reales y defender la democracia como plataforma de escucha y diálogo, argumentando que la razón es voluntad de entendimiento y por tanto de comunicación. Igual, igual que D. Trump -imposible no nombrarlo- que ante el asesinato del periodista Khashoggi, solo se le ocurrió decir que “son cosas que pasan”. Entras vivo a un consulado y te sacan a cachitos. ¡Muy normal!
Esta es solo una de tantas anécdotas que podemos mencionar de este energúmeno personaje -no olvidemos a su colega Netanyahu-, que se ha empeñado en fastidiarnos la vida a media humanidad y a tantos otros que ya no lo cuentan y son miles y miles. La verdad es que es tan increíble lo que está pasando en el mundo, que una duda de si realmente está viviendo una pesadilla o si se está volviendo majareta.
Cambio de tercio, porque me estoy desanimando y no quiero echar más leña al fuego.
Dialogar es aprender de los demás, es intercambio, escucha, debate y búsqueda del mejor de los argumentos. Todo ello a través de la tolerancia y como medio la palabra.
¡Ay qué importantes son las palabras! Y por cierto, ¡lo que me costó aprender a leer!
Los recuerdos de mi infancia son un poco a lo García Márquez, lo que llaman realismo mágico. Justo eso.
La educación primaria la hice en una escuela particular que dirigía la Srta. Laura. Era una mujer que por encima de todo enseñaba los buenos modales, el canto, el dibujo, etc., quedando el aprendizaje de las materias principales un poco en segundo plano -total, ¡éramos chicas!-. Cuidaba mucho su físico y llamaba la atención su melena teñida de rubio por su abnegada peluquera. Por cierto, con tantos cardados y teñidos, ahora dudo si fuera su melena de verdad. Se maquillaba exageradamente y parecía que su opaca piel fuera como de cartón. Tenía las uñas muy largas y pintadas de rosa nacarado y como no podría ser de otra manera, vestía muy requetebién.
O sea, que todo muy requetefantástico y que servidora entonaba bonitas canciones, y que dibujaba coloridas pagodas, y que conocía el nombre de algunas flores, etc., pero que los días pasaban y no acababa de “soltarme a leer”.
Y aquí aparece Lola. Así se llamaba una de nuestras “chicas”. La que más recuerdo porque estuvo casi toda la infancia conmigo. Decir que en aquel entonces, muchas familias contrataban mujeres para ayudar en todas las faenas caseras. Venían de los pueblos, se les daba un pequeño sueldo y vivían en la casa con la familia. Para ser justa, he de reconocer que a Lola se la quería y la verdad es que mi madre trataba bien “al servicio”. ¡Menos mal!
Pues eso, que la Srta. Laura me enseñó el alfabeto y a unir sílabas, pero ese mágico instante en que una descifra la palabra completa y comprende el significado, esa epifanía, sucedió una tarde de invierno encerrada en el despacho de mi padre, entre Lola y mi madre. Me advirtieron que no saldría de allí hasta que no leyera de un tirón unos cuantos renglones, pronunciando bien cada palabra y comprendiendo lo que iba leyendo. Lloré porque debí de presentir que esas dos mujeres iban en serio y no me sacarían de allí hasta que no lo lograra. Y así fue. Ese fue el día y el lugar en que se abrieron los cielos y los mares en mi cabecita y lo viví como algo mágico, como un milagro. Y por supuesto, salí dando saltos de alegría de aquel tenebroso despacho y eso que aún desconocía los mundos que me abriría el hecho de poder leer.
Pues eso fue en un día de invierno de hace ya muchos años.
Y vuelvo al presente y a este precioso día de primavera. Y me recuerdo a mí misma que el tiempo y el espacio son limitados y tendría que ir terminando.
Solo insistir en que a través de la escucha y el diálogo estamos respetándonos unos a otros , y que lo que estamos viviendo debe ser la mayor anomalía política ya que no se cumplen las reglas que tantos siglos costó adoptar.
Cierro círculo y termino con una anécdota que refirió J. Habermas sobre la última conversación que tuvo con su amigo H. Marcuse. Cuenta que estaban hablando sobre el entendimiento como vía para acceder a la comunicación, y cito textualmente lo que le dijo Marcuse:
“¿Ves? Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”.
Pues eso, principio ético básico, “lo primero, no hacer daño”.
No lo olvidemos nunca.
Y ahora sí que acabo, pero tengo que recordar a nuestro comprometido poeta Blas de Otero:
“Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”.
Dedicado con mucho cariño a Esperanza Méndez Serra.
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