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A nado entre olas

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01.05.2026

De los dos colosales espacios −el mar y el cielo− ajenos a nuestra naturaleza como animales terrestres que somos, solo el primero puede ser surcado con la fuerza de nuestros propios músculos sin necesidad de artilugio alguno. El cielo, tan atrayente como el mar por sugerirnos también en azul el infinito, nos está perpetuamente vedado al constituir un territorio incompatible con nuestra anatomía, poco dada a suspenderse a su antojo en el vacío. Menudo contratiempo, ¿verdad?

El que no nos baste nuestro propio cuerpo para pasearnos por el cielo, tal como si fuéramos palomos ociosos, es una amarga limitación, por mucho insensato que la haya desafiado al saltar desde un campanario −con graznido incluido, de puro canguelo− agitando los brazos arriba y abajo frenéticamente. Es la ley de la gravedad, me temo, inapelable si uno no cuenta en la espalda con omóplatos alados cual ángel trompetero.

Desde una perspectiva evolutiva, el ser humano tuvo antepasados lejanísimos que fueron peces. De pájaros, ni uno. Puede que de loros algún político coñazo que otro. Será por eso de los peces que gustamos de zambullirnos en el mar la mar de niños; que algo nos queda de nuestros parientes los peces cuando entramos en contacto con el agua: un súbito pálpito de aleta en los pies, una corona de burbujas en la frente… un boqueo de silencios. ¡Pero basta........

© Diario de Ibiza