Ocho meses
22 de marzo 2026 - 03:08
Empecé a ver la serie sueca 8 meses por el buen recuerdo de la primera temporada de la danesa Borgen. Ambas eran políticas y nórdicas. Mi mujer la caló al instante. En quince minutos dictó sentencia: “Se nota que no son cristianos. No son inmorales, son amorales”. Y con eso, ella, Dios le guarde el gusto, perdió todo interés. Algo más tarde, incluso yo advertí que 8 meses juega en otra liga (en la categoría inferior).
Pero seguí viéndola, no ya por un placer cinematográfico, sino por curiosidad política. Stephen King sostiene una idea que yo también he pensado, aunque nunca me atreví a formularla con tanta contundencia. Avisa de que se aprende más de las obras malas, porque dejan sus resortes al aire. La serie 8 meses permite ver que unas vidas sin rumbo no pueden hacer una política con sentido. Mucho menos, un buen relato.
El retrato de los gobiernos contemporáneos asusta. Los máximos responsables no son ni máximos ni responsables. Viven más atentos a las encuestas que a los estudios. Hay en la serie un informe clave sobre la seguridad de Suecia que casi nadie tiene tiempo de leer, ocupados en las luchas intestinas dentro del partido y preocupados por las tendencias de voto para las próximas elecciones. La falta de principios deja un vacío que se rellena con maquinaciones. Porque en la vida no hay más opción: o vida interior o intriga.
Todo se concentra en la protagonista de la serie. Que no sea guapa ni vaya demasiado arreglada ya deja una pista. Tiene 40 años y anda perdida en la vida, con un desorden morrocotudo. Su relación con su madre es la de una adolescente. No sigue una línea, sino que vaga. Y vaga también lo es ella aunque no pare de trabajar por falta absoluta de objetivo. Todo eso lo llena con una vaga (de nuevo) ambición, una leve curiosidad y una impulsiva frivolidad. Nada de esto se denuncia con intención adoctrinadora, qué va: se retrata como lo normal.
La serie tiene su argumento, su tesis más o menos atlantista y su relativo suspense. Vale, aunque mi mujer acertó al descolgarse. Lo único inquietante es el afilado diagnóstico involuntario que hace de la política y la sociedad de nuestro tiempo, que también acertó mi mujer en 15 minutos. Yo he necesitado más, pero no me quejo. Si no sabemos adónde vamos, al menos sepamos exactamente dónde estamos.
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