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Mausoleo

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19.03.2026

19 de marzo 2026 - 03:06

Hace 250 años el cementerio de Cádiz estaba en la zona cercana al Parque Genovés. La expansión de la ciudad lo llevó a Extramuros, en un barrio de pescadores que se había formado en el entorno de la iglesia de San José que, con el tiempo, fue muy de izquierdas. De la zona salía la chirigota algunos de cuyos miembros fueron fusilados por los golpistas tras el 18 de julio del 36. De allí sacó Javi Osuna su vocabulario para El lenguaje de la mar de Cádiz y David de la Cruz su Antes que vuelva a morir. Cuando Eduardo Mangada hizo el primer plan de ordenación urbana ya vio la necesidad de buscar emplazamiento para un nuevo cementerio. Se le ocurrió una isla artificial en el saco interior de la Bahía, “al estilo de Venecia”, se decía. Los Carreros lo cantaron así: “Por el Diario y las emisoras los otros días nos enteramos del cementerio de la Bahía, y de hombres ranas los bolicheros se vestirán. Ahora nos van a enterrar en bolsas de plexiglás, como si uno fuera una gamba congelá, y en vez del Ocaso nos va a recoger la furgoneta de Friomar”. Aquella idea quedó descartada y se empezó a buscar un emplazamiento en el arco de la Bahía. Le dijeron a Barroso que ya habían elegido un lugar en la carretera de Paterna. Puerto Real dio el visto bueno a cambio de que no hubiera el menor aprovechamiento en el cementerio de San José, a lo que se opusieron los concejales de Don Carlos. Luego se acordó con Chiclana un cementerio mancomunado en la finca La Victoria, se formó una empresa donde con el tiempo se integró Puerto Real. Estaba al frente de cementerios José Fernández Chacón, a quien Barroso, siempre punzante, le puso Caramuerto, cosas de la política. Cuando llegó Teófila parecía inminente la transformación del cementerio en un jardín, casi como lo que se hizo en el Cementerio de los Ingleses a menor escala. De hecho, a Paco Vivas le dio por ponerle nombre y todo, Parque El Descanso, nombre de funeraria antigua como la que había en la calle Sagasta. Se inventó un monumento donde iría, dijo el caballero hospitalario, una pirámide donde depositar los restos de los gaditanos más famosos, desde Don Rosendo, el santo que se había inventado el Quini, a Carranza. Según parece la idea se ha descartado, aquí somos más de mausoleos que de monumentos egipcios. Se va a subsanar el grave error que viene de la época de Vera Borja, cuando le encargaron un instituto a Alberto Campo en una minúscula parcela, el Drago, donde no se pudo incluir una zona deportiva. 30 años después tiene arreglo, no hay que ponerse nerviosos, tres mil años nos contemplan.

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