Pelillos a la mar
Tuve moña, y muy bien pareja, hasta los 25 años; una melena crin, preciosísima, que lucí durante un cuarto de siglo con más prestancia, dígase lo que se diga, que el legendario cowboy Buffalo Bill. Cuando era niño, y también cuando fui mozo, presuntos amigos, indiscretos y alcahuetes, me advirtieron que la calvicie era ancestral, sucesoria, y, sobre todo, genética. Yo miraba a mi padre, como lo contemplé siempre, con profundo amor y respeto, pero -viéndolo absolutamente pelado y siendo la deforestación sucesoria- también con cierto cerote.
Entonces, leía El Alquimista, una de las grandes novelas de Paulo Coelho, quien, con una prosa directa y casi infantil, sostiene, básicamente, que el miedo a sufrir impide buscar sueños y que ningún corazón sufre al buscar lo que desea. El brasileño sentenció que “cuando quieres algo, todo el universo conspira para que lo realices”. Leche machanga.
En aquellos tiempos, los pelos de mi difunta melena habían iniciado un éxodo imparable: algunos quedaban atrapados en un peine o en un cepillo sin más, y otros, los más aventureros, se perdían en la noche que frecuenté y -como Marco Polo en el Libro de las Maravillas- navegaron a reinos oscuros y fantásticos. Lo cierto es que eran parte de mí y dimitieron en cadena.
Obviamente, yo quería conservar mi cabello, y daba por sentado, conocida la amenaza de su expatriación y batiendo el récord mundial de optimismo, que -como había leído a Coelho- todo el universo estaba conspirando para evitar la fatalidad de mi alopecia; mentira cochina, porque, conclusa la guerra fría, el universo tenía cosas mejores que hacer que una vaquita para mandarme a Estambul. No sé si Paulo Coelho me vio pinta de simplón, pero, ya avezado en el objetivo de la gestión del estrés, su pensamiento, a mis ojos, se transformó en una insoportable patraña. Cuando recibí una foto del escritor brasileño, con la frente lisa como el culo de un niño, ya supe cuán bolero y farsante pudo ser. No le guardo rencor al universo y a él tampoco.
Mientras mi pelo seguía un rumbo insólito, no sin enviarme señales muy casposas, recuerdo que -asesorado por un especialista, fui a la botica y compré Minoxidil. Se contenía en el prospecto que el medicamento controlaba la hipertensión severa, automáticamente producía un crecimiento inesperado del cabello y daba lugar a la hipertricosis; una reacción que producía la existencia de un exceso de vello lanugo largo que -llegando a las palmas de las manos y los pies- podía alcanzar los 25 centímetros. O sea, de haberse producido el éxito del impostor Minoxidil, yo habría presentado La Luchada como el “hombre lobo” del terrero. Supe después que -desde la Edad Media- sólo se habían constatado 50 “afectados” por la hipertricosis; la última, la artista circense Julia Pastrana, una bailarina española, de gruesa barba y envidiable frente velluda. Cogí el Minoxidil de los cojones, y, absolutamente dolido por el fraude, lo vertí en una huerta; travesura con la que quería ver si el universo conspiraba y el líquido producía papas peludas.
Pocos meses después, un peluquero muy espabilado me cortó el escaso, y, sin permiso, me roció y aplicó un líquido presuntamente milagroso que -según su propia confesión- me habría permitido “mantener” aquel rizo, o tirabuzón, que vagaba solitario en testa. No había llegado a mi casa y ya notaba yo cómo, a resultas, una costra interminable me convertía el cráneo en un calquito de las cascadas de lava del Tajogaite y me producía un despiadado escozor.
En ese preciso momento, y puesto que Turquía aún no se proyectaba como destino principal del turismo del injerto, dimití de hacer más cambalaches, acepté que la bola de billar integraba mi anatomía, y, a modo de consuelo, pensé en cuántos hombres, a cual más ilustre, lucían el coco liso con gran prestancia, el Mahatma Gandhi, Bruce Willis, Yul Brynner, Zinedine Zidane, Vin Diesel o Pepe Segura Clavell.
