menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Taoro

26 0
14.03.2026

Más allá del bloqueo del estrecho de Ormuz, del petróleo y de la guerra en Oriente Medio (ya nos hemos olvidado de Ucrania) existe una isla, Tenerife, que a mediados del siglo XX cautivó a la escritora Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997), premio Miguel de Cervantes en 1992. Tanto, que el paisaje que le sedujo y las palabras que escuchó de la gente de campo y de la bohemia, dieron forma a un libro en prosa poética que es un encanto y un homenaje, también, a su marido, el periodista tinerfeño Pablo Álvarez de Cañas. Hay quienes consideran que es lo mejor escrito sobre una tierra española.

En sus páginas no faltan ilustres de la época (María Rosa Alonso, Francisco Bonnín, Emeterio Gutiérrez Albelo…), paisajes, etnografía y saberes de Garachico, La Orotava, Puerto de la Cruz, La Laguna, Santa Cruz, Candelaria, el Teide…, historias como las de la princesa Dácil o el pirata Cabeza de Perro, y leyendas, como la del monje San Borondón. Sensibilidad y confesiones de una mujer embebida por el lirismo de lo insular, al igual que transmitió el grupo de la revista literaria Orígenes, la de su paisano Lezama Lima.

A Dulce María Loynaz la tenemos cerca, además, en los Jardines de la Atalaya, que son parte del Parque de Taoro en el Puerto de la Cruz. Un busto realizado por el artista cubano Carlos Enrique Prado Herrera la inmortaliza como hija adoptiva de la Ciudad Turística, en donde los días (escribió) volaban como hojas de almanaque al viento del mar.

Tierras arriba, en el Liceo de Taoro, la que fuera su amiga Gabriela Mistral (Vicuña, Chile, 1889 – Nueva York, 1957), la única hispanohablante que ha ganado el Premio Nobel de Literatura, tampoco enmudece al paso del tiempo. El valle que fascinó al naturalista Alexander von Humboldt, acoge desde diciembre un busto que la recuerda, obra del escultor portuense Francisco Hernández Díaz.

Dulce y Gabriela, cómplices de la lengua, acarician los alisios sobre la misma primavera. Las dos arropan al Gran Hotel que nuevamente brilla bajo las luces de la pirotecnia. Las dos asoman sus ojos y no callan ante el Atlántico. Las dos, maestras del verso y de surcos inmortales, descansan en el bello norte del menceyato de Taoro.

Refresca la noche. Es viernes 13 y viernes de vergüenza en el cine español (así de satírica ha sido la campaña de promoción de la sexta de Torrente). El objetivo: reventar la taquilla y situarse, como sus hermanas, en la lista de las cuarenta películas más vistas en España. Todo apunta a que así será. El torrentismo es marca de la casa, reflejo de una sociedad grosera que conecta con Belén Esteban y su troupe.

Es viernes 13 y no todo está perdido. Vivifica abstraerse en las Hespérides, en la elegancia del Gran Hotel Taoro. Alienta recuperar a las dos damas de bronce que duermen despiertas y próximas. Reconforta recitar en silencio: “Si me quieres, quiéreme entera, / no por zonas de luz o sombra… / si me quieres, quiéreme negra / y blanca. Y gris, y verde, y rubia, / quiéreme día, / quiéreme noche… / ¡Y madrugada en la ventana abierta! / Si me quieres, no me recortes: / ¡quiéreme toda… o no me quieras!”. Prende la rosa de la habanera y los besos de la chilena: besos nobles, perfumados, tibios, que arrebatan los sentidos, que parecen azucenas.

El Gran Hotel Taoro se vistió ayer de largo con su reapertura oficial. Inaugurado en 1890, el considerado primer gran hotel de lujo de España transportó al universo de Agatha Christie (distinguida huésped) y a la atmósfera de una edad rutilante que parecía olvidada.

Tenerife inspira de nuevo.


© Diario de Avisos