Los videntes
Antes, los videntes sólo aparecían en escena cuando la palmaba un papa. Ahora vuelven, gracias a las guerras de Trump. Dicen que Nostradamus, el boticario francés que hacía juegos malabares con las cuartetas apocalípticas, pronosticó para estos tiempos que corren la tercera guerra mundial. ¿Y la primera y la segunda? El vidente galo nació en 1503 y, en mi modesta opinión, no ha dado una en el clavo. Lo mismo ocurre con la zahorí búlgara Baba Vanga, herbolaria fallecida en 1999, como quien dice el otro día, que auguró diversas catástrofes mundiales, también con lenguaje críptico, sin acertar una, la pobre. Los videntes, los profetas, los adivinos, los zahoríes y demás fauna pronosticadora están haciendo su agosto en las redes. Quienes ya palmaron, lo que dieron, dieron. Pero hoy nacen unos videntes nuevos, que se atribuyen poderes de pronóstico, a los que tendré que acudir para que de una puta vez me toque la lotería, que a mí el precio del petróleo me la trae al pairo porque cada día consumo menos, conduzco menos y hago menos -o nada- de todo. Yo creo que los que mandan pretenden matarnos de ignorancia porque el otro día le pregunté a un viejo que salía de La Caixa de cobrar la pensión por la guerra de Irán y me respondió: “Ah, no sabía, ¿y cómo van?”, como si la matazón de los ayatolás fuera un partido de fútbol. A este paso, al tiempo que contratamos al asesor fiscal, que todo lo soluciona haciéndote pagar a Hacienda, habrá que tener en nómina a un vidente, que te aconseje la acera que has de tomar para que un dron no te machaque la cabeza. Si les digo la verdad, yo lo que quiero es que no me duela la pierna, acudiendo a la oportuna frase del doctor Juan Vidal cuando lo invitaban a cenar o a una fiesta en el Casino de los Caballeros.
