Los tontos de capirote
26 de marzo 2026 - 03:10
Araíz del descubrimiento de América y la decisión de los Reyes Católicos de establecer en Sevilla el centro neurálgico del tráfico global y relaciones económicas con el Nuevo Mundo, la ciudad experimentó un crecimiento y esplendor deslumbrantes, convirtiéndose en una de las mayores y más importantes del mundo cristiano. Surgieron entonces las primeras Hermandades penitenciales, en un contexto de urbe tardomedieval a la que arribaban miles de personas buscando fortuna o simplemente poder sobrevivir. Espacio de contrastes, donde convivía la opulencia de las clases privilegiadas con los menesterosos, tullidos, harapientos, enfermos y demás excluidos del mundo, Sevilla era lugar de una religiosidad Trentina, que respondió con ferocidad a las reformas protestantes centroeuropeas, y en un ambiente exaltado y supersticioso, su sociedad, con permanente complejo de culpa ante las epidemias de peste, las sequías y otras calamidades, respondió con la penitencia cristiana exacerbada. Las primeras cofradías salían a la calle para hacer pública manifestación de sus mortificaciones, y los pecadores –que empezaron a usar el capirote de los reos de la Inquisición para mostrarse como culpables de las desgracias propias y ajenas-, azotaban sus espaldas hasta chorrear sangre a borbotones, en clara alusión a la pasión de Cristo y habiendo decidido voluntariamente imitar su ejemplo de sufrimiento físico. El barroco, con su extrema cosmovisión, sus Mañaras, sus Vánitas y sus postrimerías aterradoras, caló en esta sociedad torturada y abyecta, ensimismada y retrógrada; las vírgenes llorosas y los cristos sanguinolientos salían a la calle acompañando a la turba enfebrecida de pecadores. Con el tiempo la cosa fue cambiando, y el flagelo fue sustituyéndose por el boato, la representación, la vanidad identitaria y el deleite estético. Las procesiones son hoy un espectáculo y una fiesta, la ocasión de exhibir las vanidades y los egos, de ver y ser visto; el momento propicio para ser y destacar en el rebaño. Las estaciones de penitencia han mutado hoy en pasarela de lucimientos y esplendores, a la que todos quieren subir para mostrar sus vistosos plumajes. Los antiguos flagelantes son hoy grupos de muchachotes bien alimentados y lustrosos, sin la menor intención de pasarlo mal, que lloran cuando la lluvia no les permite lucir sus grandezas como esperaban. Pertenecen a una sociedad engordada, acomodada e indocta, gregaria de bar y de disfraz, sea para los carnavales o para sacar el santo a la calle.
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