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Hablemos con propiedad

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19 de abril 2026 - 03:12

Para muchos, todo lo que sigue es prescindible. Pero para otros, a los que leo, escucho o veo, desde luego que no. Es frecuente, así, que éstos usen como sinónimos semitismo, judaísmo y sionismo, cuando en realidad no lo son. Menos difusa parece la palabra “israelita”, que nomina a los habitantes del antiguo reino de Israel, hoy en desuso y sustituida por el gentilicio “israelí”, referido a las personas nacidas en el Estado de Israel, cualquiera que sea su fe.

El judaísmo, del que mana la palabra “judío”, engloba a los creyentes en la religión del mismo nombre, nacieran dentro o fuera de Israel. Es voz remota, tanto como la propia historia del pueblo elegido, aunque quizá en estos tiempos tenga una connotación que puede ser religiosa, cultural o ambas y que se asienta en tierras diversas sin perder el hilo de su antiquísimo recorrido.

El semitismo, en cambio, no germinó como bandera de nada, sino como clasificación lingüística. Designa a los pueblos que comparten una familia de lenguas: el hebreo, el árabe, el arameo, el amhárico (lengua etíope) y el maltés. De este modo, “hebreo” es el pueblo semita que se originó en la ciudad de Ur, cuna de Abraham. Sin embargo, la palabra “antisemitismo” aparece en la historia como la expresión del odio contra los judíos en alguna de sus tres vertientes: religiosa, política y racista. Surge en la década de 1870 y se afianza en los años del nazismo. Se trata, pues, de una ironía persistente: un término de origen amplio que terminó señalando una persecución específica.

El vocablo “sionista” deriva de Sion, una de las colinas de Jerusalén. Es el más moderno de todos. Como movimiento, brota a finales del siglo XIX con el objetivo de establecer un Estado nacional judío en los territorios palestinos.

Confundir judaísmo con sionismo es reducir una tradición milenaria a un proyecto estatal. Confundir crítica política con antisemitismo es atorar el debate; pero acoger el antisemitismo cuando aparece con odiosas connotaciones es ignorar las enseñanzas de la historia.

El desafío es, creo, aprender a hablar con propiedad. Entender que una fe no es idéntica a un gobierno, que una lengua no define a un enemigo, que una identidad no puede cargar con todas las culpas del mundo. De lo contrario, se cierra todo diálogo que tenga vocación de útil.

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