¿Puede una máquina ser sabia? diálogo entre la encíclica Magnifica Humanitas y los límites filosóficos de la inteligencia artificial
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Cada día aparecen novedades que prometen redefinir la inteligencia, el trabajo, la creatividad o la toma de decisiones mediante alguna nueva forma de inteligencia artificial. Cada semana, detrás del anuncio, hay miles de millones de dólares y una narrativa que nos pide aceptar el cambio como inevitable, la eficiencia como virtud suprema y la velocidad como sinónimo de progreso.
Lo que rara vez aparece en esos anuncios es la pregunta que más importa:
¿en beneficio de quién?
Las grandes guerras del siglo XX nos enseñaron que la técnica sin ética produce devastación a escala industrial, lo aprendimos a un costo terrible. Ahora, a velocidad exponencial, desplegamos una tecnología de poder comparable con los mismos mecanismos de siempre:
Primero la promesa, luego la adopción masiva, y solo después — cuando el daño ya es difícil de revertir — la pregunta sobre las consecuencias.
El bien común no ha sido una prioridad histórica del poder cuando compite con la eficiencia y la rentabilidad, nada indica que esta vez sea diferente, a menos que decidamos que lo será.
Porque estamos entrando en una era en la que cada persona, cada institución y cada sociedad tendrá que definir su posición frente a la inteligencia artificial, no en términos técnicos sino en términos de valores.
¿Hasta dónde delegamos el juicio? ¿Qué decisiones reservamos para la deliberación humana? ¿Qué entendemos por progreso cuando la eficiencia y el bien común apuntan en direcciones distintas? Estas no son preguntas filosóficas abstractas.Son las........
