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Gregorio Morán, un periodista asturiano con morriña catalana

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11.03.2026

No le gustaban los obituarios porque decía –y decía bien– que cuando uno se va todos son elogios a su persona: aunque haya sido un sinvergüenza, se convierte en santo. ¿Quién le iba a contar a Gregorio que se iba a morir la víspera del 23-F? Una historia que siempre le hizo gracia, como le hacía gracia todo lo que no fuese suyo.

Se dejaba querer, pero no quería a nadie, ni a sus propios amigos, que tenían que mirar el aire del tiempo antes de llamarle. Luego era un hombre que se emocionaba si le llevabas un ramo de flores por su cumpleaños.

Tengo buen recuerdo de él, porque me salvó de la mediocridad que reinaba en La Gaceta del Norte.

Tuve doce directores en nueve años. Algunos me anularon totalmente y me encargaban lo más bajo –lo que hacían los becarios al llega–: agenda, partes policiales, programación de televisión, el tiempo y misas. Hasta hice horóscopos del día. Por supuesto, me los inventaba y nada malo les pasaba a los Aries, Acuario o Géminis.

Todo cambió para mí cuando llegó como director Gregorio Morán. Desde el principio confió en mí, aunque le habían dicho que no me cogiera porque ya no necesitaba ayuda: me había casado con un comunista. Fue Adolfo Careaga quien le pidió que me echara.

Y luego pasaron más........

© Deia