‘Hamnet’ y el duelo inútil
Pocas películas recientes han dividido a la crítica como Hamnet, de Chloé Zhao. “Manipulación”, “nadería pretenciosa”, “sobredosis de sentimentalismo”, fan fiction, pick-me girl, grief porn... Estos y otros muchos términos, en inglés y en castellano, se han empleado para calificarla en reseñas de The Independent, The American Conservative, RogerEbert.com, The New York Times, El País o The Guardian. Cuando un coro crítico converge en un mismo campo semántico –el exceso, la extorsión afectiva, el cálculo de temporada de premios– hay algo que se quiere nombrar y no termina de dejarse nombrar. No es la técnica de Zhao lo que incomoda. Es el sujeto: una madre que llora a su hijo muerto y no hace nada más con ese dolor.
Hamnet, basada en la novela de Maggie O’Farrell, imagina la vida de Agnes, la esposa de Shakespeare, y la muerte de su hijo a los once años, casi sin duda por la peste, en 1596. Lo que distingue a este duelo de otros no es solo quién llora, sino qué tipo de pérdida es. La muerte de un niño de once años no deja detrás ni obra, ni culpable, ni sentido. No hay crimen que perseguir ni dios que lo haya querido. La pérdida es pura sustracción biológica: un cuerpo que estaba y ya no está. Y un duelo que no puede convertirse en nada –ni en venganza, ni en profecía, ni en arte– es lo que la cultura lleva siglos llamando exceso.
Shakespeare lo sabía. En El rey Juan, Constanza llora al pequeño Arturo, que acaba de ser capturado. La pena llena la habitación del hijo ausente, se acuesta en su cama, camina con........
