De plazas y pajas
“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo?” San Mateo 7:3-5. La cosa viene de lejos. Sin embargo, hoy día sigue siendo una actitud muy común. Y aún diría más: una forma de gobernar. En Madrid D.F. lo sabemos bien. Esta es la tierra del “y tú más”, un contraataque infantil que acepta implícitamente que uno ha hecho algo mal: la viga, sin ir más lejos. Pero no nos olvidemos de la paja, que en esta ciudad de todos los demonios y todos los evangelios tiene hasta una plaza.
Atravesada por la costanilla de San Andrés, la plaza de la Paja fue centro neurálgico del Madrid de los siglos XIII y XIV. Allí se montaba el mercado central de abastos regularmente, que más tarde se trasladaría a la plaza del Arrabal, hoy plaza Mayor, por orden de Juan II de Castilla. Se trata de un recinto irregular en plano inclinado que se deja caer hacia el barranco de San Pedro, lo que hoy es calle Segovia. Por algún milagro de su santo protector –ya hablaremos de él más adelante– esta plaza todavía conserva suelo de tierra. Escribo en voz baja porque como se enteren en el consistorio ya están llamando a sus amigotes del granito gallego para que lapiden el lugar. El nombre le viene por haber sido el lugar donde los vecinos de Madrid acudían a cumplir su obligación de donar paja a los capellanes de la Capilla del Obispo, para así alimentar a sus mulas consagradas. Una costumbre, como pagar la gasolina a Sor Citroën.
La plaza de la Paja es escuálida en arboleda pero rica en historia. En la cara sur encontramos dos edificios con solera: la mencionada Capilla del Obispo y el Palacio de los Vargas. Éste último es una mole renacentista del siglo XV, con una bonita galería de ventanales en la parte superior, ornamentada con arcos rebajados y relieves florales. Se levantó sobre los cimientos de la casa de los Lasso de Castilla, unos señores muy importantes que daban cobijo a reyes y cardenales cuando se les ocurría parar en Madrid, que no era más que un villorrio de........
