¡Rendíos, malditos selenitas!
La frase del título podría pertenecer a cualquiera de las últimas publicaciones de Donald Trump en redes sociales. Dada la logorrea del sujeto y su conocida ferocidad contra lo que en EEUU llaman “aliens”, no sorprendería a nadie que usara la misión Artemisa para amenazar a los ficticios habitantes de la Luna al grito de “una civilización entera morirá” o “los mandaremos a la Edad de Piedra”. ¿Por qué no va a creer en la existencia de selenitas? Es el mismo individuo que recomendó curar el covid inyectando desinfectante y se rodea de magufos, charlatanes y telepredicadores como una tal Paula White, directora de la Oficina de la Fe de la Casa Blanca –¿democracia teocrática?– que no solo cree en los ángeles sino que incluso chamulla el “angelés” en público y no en la intimidad.
Ejércitos de esbirros reescriben la realidad a gusto del mandamás y pueden poner o quitar selenitas en un pispás, propaganda mediante. Y Las Vegas de la propaganda norteamericana, el gran espectáculo de luces y derroche, está en la sede en Houston de la NASA, desde donde llevan décadas lanzando al mundo la idea de que su país es el más guay del puñetero universo. Lo único que le faltaba a Trump para convertirse en un súper villano de cómic era expandir su maligno poderío por el espacio exterior y ya lo ha conseguido. De paso, chincha un poco a China. Estamos presenciando una nueva carrera espacial, solo que esta vez no va de pulsos geopolíticos sino de esquilmar los recursos lunares. ¿Ciencia ficción? El instituto Adam Smith, un think tank de muchas campanillas creado en Londres en 1977 y responsable del diseño las políticas ultralib más salvajes de Margaret Thatcher, recomendó en 2022 derogar el Tratado del Espacio Exterior de las Naciones Unidas –firmado en 1967, en plena Guerra Fría– que prohíbe la apropiación de los cuerpos celestes por personas o entidades. Los “smithsonianos”, raza peligrosa y depredadora, pretenden parcelar la Luna y alquilarla a empresas privadas para que exploten sus recursos hídricos, mineros y turísticos; idea que le hace tilín al magnate mangante de la Casa Blanca –y a China–. Si tuviera gracia, Trump podría recordarnos al robot Bender en la mejor serie de ciencia ficción jamás........
