Los Bajos de Argüelles
Bajos de Argüelles, los bajos: esa zona subterránea del distrito de Chamberí que, haciendo flujo y frontera con Moncloa, a ritmo de heavy, punk, pop-rock y hasta reguetón, pareció poner en suspenso la paz vecinal del acomodado barrio madrileño de Gaztambide desde mediados de los años setenta hasta aproximadamente comienzos de los años diez de este siglo. ¿Qué nos dice su huella, sonido y persistencia urbana? Añadamos, antes de responder, la capa fantasmagórica de memoria que une 1936 a 1976 sobre este espacio: allá donde la guerra civil española dejaba edificios completamente en ruinas y abría la llaga de un Madrid tomado por el nacionalcatolicismo, la juventud se disponía a vivir la salida de una disciplina corporal impuesta para explorar en común, por medio de la química y de la escucha, el cuerpo propio y ajeno. Dispuesta sónicamente a la vida, de los años de la ‘transición’ hacia la movida de los ochenta, del noventero sueño electro-europeo a la explosión de reuniones masivas juveniles en los dosmiles –allá cuando internet pudo ser un contrapoder–, una extendida explosión de las tribus urbanas transformaba el Madrid bombardeado en una historia popular transversal cuya continuidad apenas unas pocas adivinan. Son muchas, con todo, las que lo recuerdan.
Flash-forward a 2026: la zona tasa un precio medio de venta de casi 6.500 €/m² para vivienda y de en torno a 4.500 €/m² para locales comerciales. La airbnbización de los locales de Argüelles y su progresiva pérdida apunta a una pregunta más amplia, íntima y colectiva: ¿qué escuchas y formas de ser-con-otros serán posibles en un mundo donde la ciudad ya no deja restos ni intersticios en los que ejerzamos la agencia, el error, el encuentro y la repetición? A la altura de nuestra época, los Bajos de Argüelles responden a su huella, sonido y persistencia con poco más que la llamada a acudir, y una nueva pregunta que acecha a todas las ciudades contemporáneas cuyos tejidos comunitarios vienen siendo destruidos en aras de la circulación global de cuerpos dispuestos a un consumo más rentable: ¿qué grieta queda para los sonidos compartidos cuando desaparecen los espacios semipúblicos? La ruta del bakalao se construyó en el espacio alegal de las carreteras, los polígonos y los vacíos legislativos de la temprana posdictadura; los Bajos de Argüelles tomaron forma en un urbanismo capitalista que, aunque despreocupado, era dado a un localismo proteccionista y a unas tolerancias auditivas descartadas en el siglo XXI; la escena clubbing de Berlín emergió en los espacios ilegibles y desiertos abiertos por la reunificación de Alemania. Un ya muy antiguo “cercamiento de los comunes” fue explicado por Raymond Williams: nos advertía de que el régimen de propiedad privada había destruido aquellas formas de vida, memoria y relacionalidad social que las tierras comunes sostenían. Los Bajos de Argüelles han sido un espacio perdido: un fallo en el sistema de propiedad que permite vivir, por momentos, como si los comunes todavía fueran posibles.
El modo en que un orden económico y político no elegido determina qué actos hemos de producir y reproducir para que nuestra vida y su valor no puedan negarse
El modo en que un orden económico y político no elegido determina qué actos hemos de producir y reproducir para que nuestra vida y su valor no puedan negarse
El tiempo se amarra, se dobla, se fuerza. “Las manipulaciones del tiempo”, decía Elizabeth Freeman, “convierten los regímenes de poder asimétricos […] en ritmos y rutinas corporales aparentemente cotidianas que organizan el valor y el significado del tiempo”. Vivimos así, dado el modo en que un orden económico y político no elegido determina qué actos hemos de producir y reproducir........
