Amor madrileño de clase media
Si existe una distinción entre la política como profesión y la política como vocación, tal vez existe también una distinción entre la poesía como profesión y la poesía como vocación. Y si existe la poesía como profesión, tal vez nada la ha expresado mejor que algunas representaciones audiovisuales del amor, la amistad y, en general, la vida de la clase media madrileña. Historias del Kronen (1995), Báilame el agua (2000) y Los años nuevos (2024) huyen como de la peste de la poesía como vocación y acuden raudas a firmar la nómina de la poesía como profesión. Son ya treinta años de tíos y tías cuyo carácter está adornado con una angustia que se quiere mostrar misteriosa, insondable y eterna, pero que se termina proyectando como incomprensible, arbitraria y caprichosa.
Empezaré por el final. Los años nuevos sigue la historia de una convencional pareja de clase media madrileña a lo largo de diez años. Cada episodio narra el paso de la nochevieja al año nuevo. Ella, Ana, es inquieta y dubitativa, pero, al mismo tiempo y de una extraña forma, segura de sí misma. Pero, ay, se enamora de él, Óscar, cuya mirada de pez criado en una piscifactoría no muta nunca en una década. No hay rastro del arco emotivo o psicológico en la mirada de Óscar. Así que, cuando no puedes cambiar la mirada, te cambian la cara: en cada nuevo episodio –es decir, en cada año nuevo– Óscar aparece con un pelo diferente (modo casco al principio, luego mullet, luego sin mullet, barba, barba recortada, barba con canas, entra en juego el bigote, deja el juego el bigote), pero nada compensa el hecho de que no hay huella de que el tiempo haya pasado por sus ojos.
Todo es idiosincráticamente madrileño en Los años nuevos: la belleza natural de los protagonistas, la ligereza de las rayas, el mal humor como forma de autorreferencialidad y esa envidiable voluntad, no importa qué tan deprimido estés, de comerse la vida a dentelladas. Pero si hay algo que destaca a lo largo de la serie es otra pulsión: la de la poesía como profesión. Tanto es así que el padre de Óscar es… el poeta Benjamín Prado. Naturalmente, Benjamín Prado hace de Benjamín Prado: es poeta y aconseja intermitentemente sobre el amor y la vida a su hijo a lo largo de diez años. Cada vez que Prado aparecía en pantalla haciendo de consigliere sentimental, traduciendo el significado de sus propios poemas para que su hijo Óscar los pudiera al fin entender, mi cuello se giraba, carente ya de libre albedrío, y yo apartaba la mirada del televisor, exactamente igual que me ocurría cuando los toros de Tardes de soledad, de Albert Serra, exhalaban sus últimos alientos en el ruedo.
Nunca se entiende qué es lo que atormenta a los protagonistas de Los años nuevos
Nunca se entiende qué es lo que atormenta a los protagonistas de Los años nuevos
La poesía como profesión es poner a un poeta de consigliere en una serie muy intensa que explora las heridas existenciales de los protagonistas. Nunca se entiende qué es lo que los atormenta. Nunca se entiende por qué su relación de amor está expuesta a las ráfagas que la matan, la someten al duelo y más tarde la resucitan. Nunca se entiende nada. ¿Y? Bien podría decírseme: that’s the point, bitch. El amor, al fin y al cabo, no se entiende,........
