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Carnaval, licencia para molestar

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18.02.2026

Ya está aquí otra vez. Con su humor afilado, el disfraz como coartada y la crítica como motivación. Vuelve el carnaval de Cádiz y el pueblo recupera su voz gracias a una perversión que permite que levante esa voz solo unos días al año. Como si hablar claro fuese una excepción festiva y no un derecho cotidiano. El carnaval no concede la palabra, la devuelve temporalmente y, de esa manera, presenta como excepción lo que debería ser norma. La crítica pública y el debate popular se toleran porque vienen envueltos en música con serpentinas y letras con papelillos. Y porque duran poco.

La calle vuelve a ser ágora y escenario. El pueblo habla en primera persona, se ríe del poder y se ríe de sí mismo. Pero, si el pueblo solo habla en carnaval y la crítica solo cabe disfrazada, entonces la fiesta es, en sí misma, una inversión del contrato social y de nuestra propia Constitución, que aclara que los poderes residen en el pueblo. Por eso, el carnaval es tan necesario como engañoso. Necesario, porque permite nombrar el conflicto, señalar el agravio, convertir en copla lo que se suele mascullar en silencio. Engañoso, porque nos conformamos con esa válvula anual, como si febrero compensara once meses de prudencia. 

La esencia del carnaval no es formal ni artística, es política. La razón de ser de las coplas no es el tipo de afinación ni el pellizco localista ni el........

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