menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Carnaval, licencia para molestar

11 75
18.02.2026

Ya está aquí otra vez. Con su humor afilado, el disfraz como coartada y la crítica como motivación. Vuelve el carnaval de Cádiz y el pueblo recupera su voz gracias a una perversión que permite que levante esa voz solo unos días al año. Como si hablar claro fuese una excepción festiva y no un derecho cotidiano. El carnaval no concede la palabra, la devuelve temporalmente y, de esa manera, presenta como excepción lo que debería ser norma. La crítica pública y el debate popular se toleran porque vienen envueltos en música con serpentinas y letras con papelillos. Y porque duran poco.

La calle vuelve a ser ágora y escenario. El pueblo habla en primera persona, se ríe del poder y se ríe de sí mismo. Pero, si el pueblo solo habla en carnaval y la crítica solo cabe disfrazada, entonces la fiesta es, en sí misma, una inversión del contrato social y de nuestra propia Constitución, que aclara que los poderes residen en el pueblo. Por eso, el carnaval es tan necesario como engañoso. Necesario, porque permite nombrar el conflicto, señalar el agravio, convertir en copla lo que se suele mascullar en silencio. Engañoso, porque nos conformamos con esa válvula anual, como si febrero compensara once meses de prudencia. 

La esencia del carnaval no es formal ni artística, es política. La razón de ser de las coplas no es el tipo de afinación ni el pellizco localista ni el verso preciso –complementos de calidad creativa que ennoblecen el objeto y lo hacen más eficaz– sino su posicionamiento político. El carnaval nace para molestar y criticar al poder que se aleja del pueblo, porque el resto del año hay leyes mordazas que lo impiden y jueces que encarcelan a raperos y titiriteros mientras liberan a defraudadores y a instigadores del odio. 

La esencia del carnaval no es formal ni artística, es política. La voz del pueblo no siempre es ejemplar, pero debe aspirar a ser honesta

La esencia del carnaval no es formal ni artística, es política. La voz del pueblo no siempre es ejemplar, pero debe aspirar a ser honesta

La voz del pueblo no siempre es ejemplar, pero debe aspirar a ser honesta. En las coplas cabe casi todo: valentía y mezquindad, solidaridad y crueldad, lucidez y cuñadismo. Hasta ahí, nada extraño, pues la voz popular está viva y, por tanto, es contradictoria. El problema comienza cuando el concursismo y el mercantilismo se apropia de esa voz. Cuando se escribe pensando más en el jurado que en la conciencia, más en la ovación inmediata que en crear pensamiento incómodo. Cuando eso ocurre, el pueblo se pierde en luchas internas, aspira a parecerse al poderoso, mira por encima del hombro al vecino o al de más abajo, reproduce las violencias que denuncia y repite los estereotipos que dice combatir. Se canta para gustar, para regodearse en la gracia fácil sin intención crítica, para contentar al predicador de barra de bar o para amplificar el ruido de las redes sociales. Y ahí, justo ahí, el carnaval empieza a vaciarse por dentro.

Lo decía un amigo con crudeza: “¿Con la que está cayendo, vas a hacer metacarnaval o un pasodoble contra Pedro Sánchez para que te aplauda el palco municipal y los de la fruta? ¿Con la que está cayendo, vas a repetir que todos los políticos son iguales, que ni de izquierdas ni de derecha y que es mejor quedarse en casa que ir a votar?”. El carnaval es un termómetro que no siempre marca con precisión, pero que sabe detectar fiebres. 

El riesgo mayor que corre el carnaval es su necesidad de premio, su adaptación al mercado y, por lo tanto, que el pensamiento estandarizado –esa guerra cognitiva dirigida por los amos del algoritmo y amplificada por la ultraderecha– termine apropiándose también de las coplas rebeldes. Si el pueblo se limita a repetir consignas prefabricadas, si el ingenio se sustituye por eslóganes y la crítica por ruido teledirigido, febrero dejará de ser un espacio de grietas para convertirse en un escenario más del sometimiento. El pueblo, como hace el resto del año, dejará de pensar para ser pensado.

Idealizar el carnaval es ingenuo; despreciarlo, demasiado cómodo. Ni todo lo que se canta emancipa ni todo lo que se aplaude es justo. Por eso merece oído atento y mirada despierta para intuir qué miedos circulan bajo la rima, qué nostalgias despiertan los estribillos, qué ideologías se deslizan entre las risas. Este año se ha cantado especialmente contra el desmantelamiento de la sanidad pública andaluza y la mala gestión de Moreno Bonilla. Sin embargo, nada asegura que esa crítica altere el sentido del voto en las próximas elecciones andaluzas. Los poderes conocen bien el perímetro del carnaval y sus límites. Se recogerán las serpentinas, se barrerán las coplas incómodas y aquí no habrá pasado nada. Si el carnaval y sus coplas dejan de producir dudas y nuevos sentidos más allá de febrero, será solo ocio para engordar a la hostelería. Y el ocio, para el poder, no solo es asumible, sino que le viene bien como anestesia.

Empieza otro carnaval. Prestemos oído a las preguntas molestas, a las frases que chirrían, a los silencios que pesan más que un bombo. En ese ruido imperfecto se está diciendo algo sobre la vida que habitamos, los odios que normalizamos y sobre si este mundo sigue siendo de la gente o no. La premisa es sencilla, mientras las coplas incomoden al poder y se resistan a quedar del todo domesticadas, seguirán siendo pueblo; si repiten consignas ajenas o buscan premios y aplausos fáciles, serán institución infiltrada. De momento, salgamos a la calle y amoaescuchá.


© CTXT