menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Lo público, ni negocio ni negociable

13 0
07.04.2026

En Santander, en 2014, se inició una obra para, decían, mejorar el trazado de la senda milenaria que la recorre. Nunca había habido ningún accidente en ella. El vecindario de la zona avisó y denunció que la obra realizada era un peligro por ubicarse sobre rocas que son rompeolas. El 3 de marzo del 2026 una de esas pasarelas cedió y cinco muchachas y un muchacho perecieron bajo la rompiente. Otra quedó malherida. Tenían entre 19 y 22 años. No fue casual. 

Hay políticas en demasiadas administraciones públicas con un talento difícil de igualar: convertir lo evidente en discutible y lo denunciado en invisible. Se supone que están para proteger, para gestionar con criterio y para escuchar al vecindario. Pero en la práctica han perfeccionado otro modelo, mucho más ágil: no hacer nada… hasta que ya no hay nada que hacer. 

El drama de El Bocal encaja con precisión quirúrgica en ese patrón. No es solo un hecho trágico, porque aquí no falló la información. El vecindario avisó. Insistió. Señaló el peligro de unas pasarelas que, lejos de garantizar seguridad, parecían diseñadas para ponerla a prueba. Quienes transitan a diario por ese espacio conocían los riesgos, los denunciaron. No fue un arrebato puntual ni una exageración colectiva: fue conocimiento directo, cotidiano, de quien pisa el terreno. Pero, claro, eso no tiene peso en los despachos políticos con una inercia que, en demasiadas ocasiones, solo reacciona cuando ya es tarde.

Quienes transitan a diario por ese espacio conocían los riesgos y los denunciaron

Quienes transitan a diario por ese espacio conocían los riesgos y los denunciaron

Y así funciona ese sistema casposo y muy vintage: mientras no pase nada, todo está bien. Cuando pasa, se habla de accidente. De fatalidad. De circunstancias imprevistas. Una cadena de palabras cuidadosamente elegidas para evitar la más incómoda de todas: responsabilidad. No fue mala suerte, sino desinterés. Lo sucedido obedece a una forma de gestionar basada en ignorar todo, hasta que todo explota.

El accidente de El Bocal no ha tenido nada de imprevisible. Era, en todo caso, una cita aplazada. Una consecuencia tan anunciada como terrible, de ignorar advertencias reiteradas. Pero reconocerlo sí que es, al parecer, verdaderamente peligroso para algunos que se dicen gestores públicos.

Las pasarelas no están ahí por casualidad ni responden a una demanda vecinal. Forman parte de un proyecto mayor: un campo de golf con sus correspondientes urbanizaciones. Sí, un campo de golf. Porque, evidentemente, pocas cosas hay más urgentes para el interés general que transformar los terrenos y las casas del vecindario en instalaciones de ese tipo. 

El proceso es casi admirable en su lógica interna. Primero, se impulsa un proyecto sin contar con quienes son propietarios o afectados. Después, se ejecutan obras que generan problemas evidentes. Más tarde, se ignoran sistemáticamente las advertencias. Y, finalmente, cuando sucede lo inevitable, se activa el protocolo de evasión: nadie sabía, nadie podía preverlo, nadie es responsable.

Y aquí es donde el lenguaje también hace su magia. A lo que el vecindario llama expolio, ellos lo presentan como desarrollo. A lo que los locales consideran una imposición, los otros lo elevan a proyecto estratégico. Y entre tanto eufemismo, se gestiona el relato. Todo encaja. Lo único que queda claro es quién decide y quién paga las consecuencias. 

Esta es una forma de “gestionar” en la que lo público deja de ser un espacio de respeto para convertirse en una maquinaria de impunidad donde los mismos siguen haciendo y funcionando igual. 

Al vecindario se le reserva el papel de siempre: molestar lo justo, advertir sin ser escuchado y, llegado el caso, soportar las consecuencias. Una participación ciudadana impecable e innovadora, si el objetivo claro, es que no cambie absolutamente nada. 

Quizá lo más honesto sería dejar de fingir. Admitir que, en demasiadas ocasiones, hay políticos que no están para proteger al vecindario, sino para gestionar su paciencia. Que la escucha activa consiste para ellos en archivar quejas. Y que la prevención de riesgos empieza, curiosamente, después de que estos se materialicen.

Lo de El Bocal no es una excepción. Es un síntoma. Es un espejo. Y el reflejo no admite demasiadas interpretaciones: cuando lo público se utiliza para imponer, ignorar y eludir responsabilidades, deja de ser una herramienta de servicio para convertirse en un ejercicio de impunidad bastante bien organizado y ya no hablamos de un accidente, sino de un modelo donde el expolio se disfraza de desarrollo y la negligencia se maquilla de gestión.

Eso sí, siempre les quedará el recurso de repetir que todo se hace por el bien común. Visto lo visto, convendría empezar a preguntarnos de qué “común” estamos hablando exactamente. 

Con ese modelo, seis vidas ya no están, seis ausencias irreparables que no caben en ningún informe ni en ninguna rueda de prensa. Frente a ellas no valen excusas, ni tecnicismos, ni silencios. Solo queda la memoria, la dignidad y una exigencia clara: que ese modelo de gestión se arranque con las pasarelas de El Bocal y que gestionar lo público no vuelva va a ser jamás ni negocio, ni negociable. 

---------------------

Marisa Maliaño Toca es médica y activista de Ecologistas en Acción Cantabria, en el grupo de ecofeminismo. Divulga ciencia para afrontar el patriarcado “naturalmente”.


© CTXT