Gatsby, la corrupción y el dinero
Una lectura obligatoria para cualquiera que quiera dedicarse a la política debería ser El gran Gatsby. La novela explica, como ningún otro libro, el atractivo y la imposibilidad del sueño americano. ¿Y por qué debería interesarnos aquí el sueño de la superpotencia que se derrumba? Por muchas cosas. La deriva de un número alarmante de políticos y otras gentes aledañas que han decidido dedicarse a la vida pública demuestra que los valores de la cultura americana se han instalado en ellos como una segunda naturaleza sin importar las siglas políticas que defiendan. Puede que veamos caer el imperio en los próximos años, pero su legado cultural se ha extendido por todo el globo.
Mientras vivía en Estados Unidos me llamó poderosamente la atención la importancia que se le concedía a la ostentación de la riqueza, algo que creía superado en la Europa de donde procedía, en la que se imponía el lujo silencioso. Pienso, por ejemplo, en las joyas que decoraban cuellos, muñecas y dedos de mujeres (y de algunos hombres) de todas las edades y de cierto poder adquisitivo. Poco entendía entonces que no estaba ante una rémora del pasado sino ante un signo del porvenir. La sociedad norteamericana, sin un pasado dominado por la nobleza de sangre, y con una dosis de movilidad territorial tan alta que impide conocer el origen de tus vecinos, requería de símbolos de estatus mucho más claros y evidentes. Símbolos que se asimilaron a la cosa en sí, que se convirtieron en el propio objeto de deseo, olvidándose de lo que representaban. Solo los inmensamente ricos, personificados en El gran Gatsby por Tom y Daisy Buchanan, pueden permitirse el lujo de viajar desde el provinciano Oeste al Este cosmopolita, a Nueva York, y ser reconocidos desde el principio. El nuevo rico, Jay Gatsby, necesita ofrecer fiestas constantemente, llenar su casa de extraños que proclamen su riqueza con la esperanza de que esa........
