¿A quién pertenece la IA?
Se ha sabido que Sam Altman, el CEO de Open AI e impulsor de ChatGPT, lleva meses recorriendo despachos de Washington con una propuesta aparentemente muy generosa: la creación por el Gobierno de Estados Unidos de un fondo financiero público para que los ciudadanos puedan participar de los beneficios que proporciona la inteligencia artificial. Como era de esperar, Donald Trump lo celebró diciendo que así “el pueblo americano se hará muy rico”.
La propuesta no solo tiene truco, sino que es justamente lo contrario de lo que hay que hacer. El truco es que OpenAI acumula más de 12.000 millones de dólares en pérdidas en un solo trimestre y sus proyecciones internas apuntan a más de 115.000 millones hasta 2029. Lo que está pidiendo Altman puede convertirse, por tanto, en otro rescate financiero más que en una fuente de ingresos para la mayoría de la población.
Para entender por qué digo, además, que esta propuesta es lo contrario de lo que se debería hacer hay que responder, en primer lugar, a una pregunta que no parece que haya mucho interés en plantear: ¿a quién pertenece realmente la inteligencia artificial y quién tiene, por tanto, derecho a gobernarla y enriquecerse con ella? Una pregunta que obliga a responder previamente a otra fundamental y que, por sorprendente que pueda parecer, no tiene respuesta satisfactoria en la economía contemporánea: ¿cuál es la naturaleza económica de la inteligencia artificial?
Este artículo recoge las líneas maestras de la introducción a un ensayo de próxima aparición en el que trato de dar respuesta a esta segunda cuestión y en donde analizo también las implicaciones que tiene.
La importancia del asunto
La razón por la que importa esa pregunta es sencilla: de cuál sea la naturaleza económica de la inteligencia artificial depende quién se debe apropiar de ella sin desnaturalizarla, así como las políticas que se adopten para regularla, los derechos que se reconozcan sobre su uso, los instrumentos fiscales que se le apliquen, los marcos jurídicos que la gobiernen y, en última instancia, quién se debe beneficiar de su existencia y quién soportar sus costes.
Determinar con rigor la naturaleza económica de un fenómeno o proceso nunca es algo anecdótico o neutral. Todo lo contrario. De ello depende que sepamos si se está utilizando conforme a lo que efectivamente es o de forma desnaturalizada. Y puesto que la inteligencia artificial ha empezado ya a reconfigurar simultáneamente los mercados de trabajo, las estructuras de poder empresarial, las relaciones entre Estados y las condiciones de vida de millones de personas, acertar o errar en el modo en que se usa o debe usarse no es un formalismo. Es un problema de economía política de consecuencias históricas que se está tratando de resolver ya, pero sin debate y, en gran medida, sin el instrumental conceptual adecuado.
Existe una cantidad ingente de literatura sobre la........
