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Gregorio Morán: una opinión divergente

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28.04.2026

El fallecimiento de Gregorio Morán el 22 de febrero ha suscitado diversos artículos necrológicos, algunos de ellos realmente elogiosos, como el de Guillem Martínez en este mismo medio o el de Alberto Órfão en El Diario. El retrato de Jordi Amat (El País, 23-2-2026) es probablemente el más preciso, porque alude al carácter “tan valiente como atrabiliario” del personaje. Amat reconoce a Morán como uno de los primeros críticos de la Transición entre quienes estuvieron más cerca de los círculos del poder en que se gestaron aquellos pactos. Otros oponentes al rumbo que adoptó la política española de entonces, a veces más radicales que Morán, no tuvieron el mismo acceso que él a la información directa de que dispuso el periodista asturiano para dar cuenta de las claudicaciones acumuladas en tan poco tiempo tras la muerte de Franco, lo que hace de sus obras un pozo ingente del tipo de información que no aparece en la gran prensa. Por eso, un libro como El precio de la Transición (1991) sigue siendo de lo mejor que se ha escrito en España sobre el meteórico sometimiento de la izquierda en general y los intelectuales en particular al nuevo consenso juancarlista, y las obras que dedicó a Suárez y al PCE (en realidad, casi una biografía política de Carrillo) son elementales para entender lo que se decidió, y cómo se decidió, desde que la muerte de Franco era inminente hasta que el PSOE de González llegó al poder. Aunque sólo fuera por ese motivo, Morán merece ser tenido en cuenta para comprender lo que supuso la aceptación mayoritaria –cínica o resignada– de la cultura política española que emerge a finales de los setenta y acaba imponiéndose, a lo largo de los catorce años de Felipe González en el poder, que se puede resumir en dos rasgos: menosprecio y mano dura hacia lo que existiera a la izquierda del PSOE, por un lado, y fingir que la derecha española estaba por fin civilizada, por el otro.

Pero el entusiasmo que no dejó de despertar Morán en algunas minorías me parece también sintomático de un estilo y de una tradición política que no acaba de desaparecer, y creo que es necesario recordar la evolución del personaje, apenas esbozada por Amat, para medir las consecuencias desastrosas que ha supuesto. Esa tradición es, obviamente, la de obediencia “comunista”, y las comillas son necesarias en estos tiempos en que China se cita cada vez con más desparpajo como modelo para tantas cosas, desde su oposición al imperialismo occidental a su gestión de las epidemias, pasando por su papel ejemplar para una supuesta transición energética1.

Morán se fue del PCE pero nunca dejó de ser fiel a su mito, el del partido de los fusilados y de los militantes heroicos, de la disciplina a toda prueba, de las campañas internacionales y del progreso de la humanidad. Por supuesto, Morán conocía de sobra su reverso, que no deja de recordar a lo largo de toda su obra: los crímenes de masas del estalinismo, las traiciones, el dogmatismo o las chapuzas estratégicas disfrazadas de victorias por mérito de la agitación y la propaganda. Pero también fue víctima de algunas de sus ilusiones, y éstas se volvían especialmente flagrantes cuando se lanzaba en incursiones de altos vuelos. Cuando leí El maestro en el erial, me sorprendió (y me sedujo) la explicación de su autor para rechazar la denominación canónica de “generación del 27” en torno al tercer aniversario del poeta más célebre de Córdoba. “Góngora –arguye Morán–, como aquellos jóvenes sabían muy bien tras la aparición en 1925 de la galardonada biografía de Miguel Artigas, constituía cualquier cosa menos algo a tomar como modelo generacional: ‘con pretensión de sangre azul, agudo decidor, amigo del buen vivir, jugador, aficionado a músicos, toros........

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