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Cuba: vivir para comer

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27.07.2026

El cubano se compone de 80 % de agua, 1 % de resignación y otro 19 % de picadillo. Este último no va más allá de carne picoteada. Res. Cerdo. Tus esperanzas tercermundistas. Pollo. El fantasma del capital. 

Por su precio, relativamente bajo, constituye el principal plato fuerte de miles de familias. Cada uno de ellos, según su materia prima y lugar desde donde lo exportaron, cuesta más o menos. Sin embargo, el más barato resulta uno de origen indeterminado –¿huesos de nuestros ancestros? ¿ripios del socialismo?– el cual puedes encontrar en casi cualquier negocio particular. 

El lunes pasado salí en captura de este producto con quinientos pesos en efectivo, una jaba de nailon, como una bandera de rendición, y con la esperanza de no caminar demasiado y así no derretirme por el calentamiento nacional. Requería un plato fuerte para la cena; si no, me tocaría solo arroz blanco y una tajada de aguacate. En el camino me crucé a otros tantos con su bandera de rendición a mano en mi misma faena: no desfallecer por inanición. 

Caminé unas cuadras hasta llegar a un pequeño negocio particular. La sala de la vivienda la dividieron en dos con una barra de madera improvisada. En una mitad había un aparador donde mostraban paquetes de espaguetis, bolsas de azúcar, frijoles y el arroz; una dependiente con cara de irritación atendía a un cliente y un refrigerador donde, a través de sus puertas de cristal, pude contemplar la masa informe la cual era mi objetivo, y un par de moscas posadas sobre ella. 

En la otra región de la sala se encontraba una fila de personas con rostros demacrados como recién aterrizados del país de las sombras largas. Con una temperatura de 34ºC afuera y una sensación térmica de las praderas rojas del sol, todos olíamos a vinagre. Los presentes taconeaban el suelo manchado de aceite de cocina y sangre seca. Impacientes, apretaban sus jabas con crueldad. Todos trataban de conseguir el sustento. Pido el último y me uno al ritual. 

Exterior de una tienda de alimentación en Matanzas, Cuba. / G.C.R.

Encima de la barra de madera colocaron la tablilla con los precios. Paseé la vista por ellos. Llegué hasta el picadillo. Se montaba en 400 pesos la libra. La semana pasada, cuando visité este mismo negocio, valía 300. Quise gritar; quise armar una revolución; quise irme a vivir para un monte y alimentarme de frutos silvestres y pequeños roedores que pudiera cazar. Sin embargo, callé. 

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