Necesidad delos ángeles
Las líneas que te mando las he copiado de Y Seiobo descendió a la Tierra, de László Krasznahorkai: “Porque ella, la Venus de Milo, no encajaba allí, ni encajaba en ningún sitio en el mundo, porque todo cuanto ella, la Venus de Milo, significa, sea lo que fuere, proviene de un mundo celestial que ya no existe, que el tiempo ha pulverizado, que se ha esfumado, que ha desaparecido para siempre de las alturas como un universo aniquilado, porque lo elevado ha desaparecido del mundo humano, y aquí ha quedado ella, de ese orden superior ha quedado esta Venus, completamente abandonada (…) y nadie percibe hasta qué punto resulta dolorosa esa visión, una diosa abandonada por el mundo, una divinidad poderosa que, sin embargo, no posee nada”.
Tenemos a la diosa (la versión helenística –y de autor anónimo– de una Afrodita de Praxíteles) en una sala del Louvre, visitada por turistas, estudiada por historiadores, comentada por guías y profesores, conservada por conservadores, vigilada por vigilantes, copiada por copistas, explicada por explicadores, restaurada por restauradores, convertida en arte, en pieza de colección, en patrimonio nacional, en ilustración de libro de texto, en fondo de selfie o de instagram, en motivo de merchandising, sin fuerza ninguna, sin nada que decir o qué hacer, mensajera de ningún lugar, portadora de ningún significado… acompañada en el libro que te cito (en el capítulo que se titula “Adónde miras”) por un guarda que llevaba más de treinta años pidiendo por favor que le asignasen la sala en la que estaba la Venus, y que volvía una y otra vez a su trabajo, sintiendo una especie de misterio (o de poder) que lo sobrepasaba y que, desde luego, no podía entender.
A nosotros nos está vedado ver a una diosa en la estatua de una diosa
A nosotros nos está vedado ver a una diosa en la estatua de una diosa
Porque las obras de arte, como los libros (como los dioses) están sometidas a ciertas condiciones de legibilidad o de receptividad o, si se quiere, de acogida. A nosotros nos está vedado ver a una diosa en la estatua de una diosa (o a un dios en las palabras que lo invocan y lo convocan) y, sobre todo, apenas conocemos ya eso de lo superior y de la elevación, de la verticalidad y de la altura, por no hablar de nuestra incapacidad para escuchar ningún imperativo de transformación o de perfeccionamiento, como ese “Has de cambiar tu vida” del célebre soneto de Rilke, ese mandato que también le vino de una escultura griega mutilada, del torso famoso del Apolo (el de Mileto, también en el Louvre) al que Peter Sloterdijk dedica el primer capítulo de su libro sobre las antropotécnicas del ascenso, sobre el dejarse-decir-algo o sobre los efectos de una superioridad o una autoridad no esclavizante, un capítulo que se titula “El mandato de la piedra” y que trata de hacernos recordar el tiempo en que los mármoles hablaban, un tiempo que quizá nunca existió pero que algunas personas no pueden dejar de echar de menos o, aún mejor, como monsieur Chavaigne (el guarda del relato de Krasznahorkai), son capaces de intuirlo en el corazón mismo de su ausencia, de su lejanía o de su inexistencia.
No sé muy bien cómo hubiera leído yo en otro tiempo el texto de la Venus, cuando andábamos desacralizando o desmitificando, que esa parecía ser la tendencia, cuando nos la pasábamos rebajando todo lo que nos parecía demasiado alto y empequeñeciendo lo que nos parecía demasiado grande, no fuera que hubiera algo de más tamaño o de mayor talla que nosotros mismos, reivindicando la igualdad y la horizontalidad, cuando no la bajeza, utilizando una y otra vez ese “no es más que…” en el que parecíamos sustentar nuestro descreimiento. Porque eso es lo que nos parecía propio de gente adulta y avisada (de resabiados, diría yo ahora, formados en esa “filosofía de la sospecha” que nos hacía ver siempre el fondo feo y disparatado de todo lo que parecía bello o importante –o de lo que lo pretendía– y sentíamos una especie de goce profanador y desvelador en sacarlo a la luz y hacérselo ver a los otros, sin duda mucho más ingenuos, para que aprendieran), como esos seguidores mexicanos de la Escuela Moderna de Ferrer y Guardia que hacían que los niños esculpieran en la escuela, con todo cuidado, una Virgen de Guadalupe, para después ir todos juntos a quemarla y ver, con ojos ya educados y desengañados, que no era más que un trozo de madera o, como mucho, un adorno para la casa o un recuerdo para turistas, siguiendo según parece las enseñanzas materialistas de las escuelas anarquistas catalanas que llevaban a los críos a las iglesias incendiadas para que se dieran cuenta de que esos cristos y esos santos no eran sino leña trabajada y pintada, para que vieran con sus propios ojos y tocaran con sus propias manos que no tenían poder ninguno.
En su discurso de aceptación del Nobel, Krasznahorkai dijo que había pensado hablar de la esperanza, pero había decidido hablar de los ángeles
En su discurso de aceptación del Nobel, Krasznahorkai dijo que había pensado hablar de la esperanza, pero había decidido hablar de los ángeles
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