Lo que no me mata, me hace más fuerte
Lo dejó escrito Nietzsche en su libro El ocaso de los ídolos, o cómo se filosofa a martillazos (1888): “Lo que no me mata, me hace más fuerte”. Frase redonda y lapidaria, muy popular de Centroeuropa para arriba, que nos habla de cómo el dolor puede ser un elemento positivo de transformación personal. Poco después de publicar el libro, Nietzsche perdió la cabeza, motivo por el cual esta obra se considera la última que escribió en plenas facultades. Podríamos divagar sobre qué consideramos hoy “plenas facultades”, tema sin duda de debate a tenor de los tiempos que vivimos, pero no es el caso. El tema es Europa, idea a la que Nietzsche sí le dedica toda su lucidez y en la que anuncia el derrumbe de las creencias intocables y el final de los ídolos europeos del siglo XIX.
Comparar la tesis del filósofo alemán con la práctica política en la Europa actual puede resultar una frivolidad. Vale la pena el riesgo porque, desde cierta perspectiva, la Unión Europea vivió el mes pasado un momento nietzscheano, cuyas consecuencias podrían mejorar el espacio menor al que nos quiere relegar la nueva geoestrategia mundial (no todo van a ser siempre malas noticias). Sucedió el 12 de febrero en un Consejo informal de los 27 y se confirmó en el Consejo Europeo (formal) del 19 de marzo. Los convocados redescubren la urgencia del mercado único europeo, tema clave en el que se ha avanzado a tientas, y aparcado hace más de tres décadas para evitar el riesgo de sucumbir en el intento de ponerlo en marcha.
La idea de sacar del baúl de los recuerdos el mercado único supone acabar con la fragmentación de 27 unidades administrativas, 27 feudos regulatorios y aterrizarlos en una única pista común. Supone escalar a nivel continental la economía de 27 países diferentes. Y he aquí el momento de Nietzsche: supone derribar distorsiones cognitivas / falsas creencias sobre las que pivotamos desde que se creó oficialmente con el nombre de Mercado Interior, definido sobre el papel del Acta Única el 1 de enero de 1993. La falsa creencia de que ya completamos en su totalidad la integración del mercado interior (salvo en agricultura, con su famosa PAC). La falsa creencia de que las empresas pueden seguir siendo competitivas bajo una reglamentación fragmentada o que cada país puede seguir protegiendo su parcela financiera sin pagar un precio geopolítico.
Sería el final de los ídolos aceptados como inamovibles por la psique europea. Al frente de todos ellos está el ídolo que se opone, con decimonónica rigidez, a la cesión de la llamada soberanía nacional. Y con ella el miedo a posibles consecuencias en forma de desigualdad competitiva, “dumping social”, pérdida de control fiscal, riesgo para sectores nacionales sensibles o generación de inestabilidad económica interna. Temores que no son irreales pero que, como demuestra la PAC, pueden evitarse con políticas de compensación, fondos de cohesión, fases transitorias, mecanismos de corrección y demás retorcidos instrumentos que la reconocida creatividad bruselense, créanme, es capaz de diseñar con una eficacia prolija. Ese no será el problema.
Posee, además un atractivo añadido: su desarrollo no requiere modificar ni añadir letra a los tratados fundacionales. No exige unanimidad, sino mayorías cualificadas.
La presidenta de la Comisión Europea salió entusiasmada del Consejo de febrero. Para empezar, Ursula von der Leyen quiere avanzar en dos puntos: el Savings and Investments Union (la Unión de Ahorros e Inversiones) y el 28th regime (el Régimen 28). El primero está dedicado a integrar el mercado de capitales europeo y el segundo crea un único marco jurídico paneuropeo para las empresas. Para ello recuerda que no se necesita unanimidad y estima que hay un conjunto de nueve países que podrían estar alineados en torno a ambas cuestiones.
Supondría una primera velocidad europea, formada por un grupo de países que según Reuters podría estar integrado al menos por Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Polonia y España. Un primer grupo de pioneros que cederían parte de su soberanía regulatoria y discrecionalidad nacional para que sus economías alcancen escala continental. Los primeros en probar el dolor de la cesión. Nietzsche estaría haciendo su trabajo.
Dejemos por un momento aparcada la filosofía.
¿Qué pasará si no desarrollamos el mercado único europeo? ¿Qué dicen los papers de los organismos de referencia?
Lo primero que constatan es que Europa es una superpotencia económica encorsetada en una suma de mercados nacionales coordinados, pero no integrados, que desaprovechan mucho el potencial de su escala continental. El mercado interior sigue incompleto en energía, capitales, servicios digitales y contratación pública. El resultado es una economía más cara y menos integrada que sus dos grandes rivales: Pekín, Washington… y los que vengan por detrás empujando.
Y esta circunstancia tiene un coste real. Si nos comparamos con Estados Unidos desde la perspectiva de la homogeneidad del mercado interior, la conclusión es demoledora.
Según el FMI, las barreras dentro del mercado único europeo (esto es, lo que nos penalizamos entre los 27 países a nosotros mismos) equivalen a un arancel del 44% en bienes y del 110% en servicios, muy por encima de lo que se penalizan los estados norteamericanos entre ellos. Si eliminamos esas barreras, la productividad se elevaría en siete puntos porcentuales a largo plazo (10 años) y se recortaría a la mitad la brecha de productividad con respecto a los Estados Unidos.
Esta brecha, anuncia el informe Draghi, se explica en gran medida por el sector tecnológico: solo 4 de las 50 mayores tecnológicas del mundo son europeas. Un tercio de los llamados “unicornios” europeos (startups tecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares) se han trasladado desde 2008 fuera del continente por falta de financiación interior.
Informes como el de Draghi describen una pérdida acelerada de peso relativo de la UE en todos los sectores de alto valor añadido
Informes como el de Draghi describen una pérdida acelerada de peso relativo de la UE en todos los sectores de alto valor añadido
Con respecto a China, el informe afirma que Europa ya se enfrenta a un rival directo en casi el 40% de sus sectores exportadores. El automóvil, ídolo de la industria alemana y símbolo del poder exportador europeo, pierde mercado con rapidez en el sector eléctrico, el más pujante. BMW, por ejemplo ha sufrido una caída del 12,5% de sus ventas en China en el último año. En prácticamente todos los índices económicos, el FMI y sus colegas del BCE, los informes internos de la UE, Draghi y Letta, coinciden, cifra arriba cifra abajo, en describir un panorama de pérdida acelerada de peso relativo en todos los sectores de alto valor añadido.
Ahora que ya estamos suficientemente alarmados, retomemos la filosofía.
El castillo-palacio de Alden Biesen en la provincia belga de Limburgo, fue el noble escenario que acogió al Consejo informal, el 12 de febrero. Es una construcción tardomedieval de ladrillo con foso del siglo XVI, jardines franceses y un parque inglés. Un entorno de esencia europea, con sus siglos de historia impresos en cada piedra en contraste con el “brilli brilli” del Mar-a-Lago trumpista. El viejo capital en decadencia frente al nuevo rico hortera. Sin duda un ambiente inspirador si nos atenemos a la unanimidad que mostraron los líderes europeos sobre el mercado único.
“Puede mover montañas” dijo Ursula von der Leyen en rueda de prensa posterior. “No será un proyecto que se concrete en 2026, ni siquiera en 2027, pero si se inicia aquí, entonces habremos hecho historia”, apuntó el primer ministro belga, Bart De Wever.
Tocan trompetas anunciando la realpolitik. El giro geoestratégico mundial, el conformismo europeo de los últimos 30 años y las capacidades mentales de Donald Trump así lo exigen. De todo ello, la parte que más escuece es la tercera, la del amigo americano emplazando a los 27 a un duelo al amanecer con más impertinencia de la estrictamente necesaria. Duele que sea él y con estas maneras, el que con una patada en la puerta y palante, saque de su proverbial letargo a la Unión Europea para abordar sus retos pendientes.
Y en estas circunstancias, resulta inevitable echar un vistazo a nuestro entorno en la UE. Si nos atenemos al principio democrático de que Europa será lo que los europeos quieran, el proyecto está amenazado por la tendencia euroescéptica que recorre la médula espinal de los partidos ultranacionalistas y de extrema derecha. Convertidos ya en corriente electoral estructurada, tienen capacidad de influencia tanto en el Parlamento Europeo como en sus respectivos países. Manosean con singular eficacia la soberanía nacional como eje de su discurso electoral. Hay que reconocer que el nacionalismo ya viaja más. Y eso es bueno porque viajar nos hace ver la posición que ocupamos en este mundo. Se supone que nos hace más abiertos. Sin embargo, tener Mar-a-Lago como destino principal no ayuda mucho.
La defensa a ultranza de la soberanía nacional, expresada con brocha gorda y arma electoralista se convierte en una enredada madeja cuando se llega al gobierno y se planta uno (o una) en Bruselas a diseñar el mercado interior europeo. No es el caso del primer ministro húngaro, el ultraconservador Viktor Orbán, que no se complica mucho la existencia y declara la independencia nacional frente a Bruselas. Sin complejos.
Más difícil lo tiene Giorgia Meloni, presidenta del Consejo de Ministros de Italia, que de momento no abdica ni un ápice del soberanismo exaltado de su reciente pasado. Dice apuntarse a desfragmentar, simplificar y apoyar un mercado único, pero para completarlo, no acepta la necesaria soberanía compartida con Bruselas. De ella se espera, sin embargo, una conversión a tiempo en los próximos pasos de gigante que se van a dar en 2026 y 2027.
Si llegara finalmente al gobierno, veremos cómo se comporta Rassemblement National (Agrupación Nacional), el partido de la ultraderecha francesa de Marine Le Pen. Aún hoy hablan, por ejemplo, de retirar la bandera europea de los ayuntamientos franceses, una petición que resume su resistencia a cualquier autoridad estable de Bruselas sobre Francia.
Afortunadamente para todos, en Alemania sigue funcionando el “cordón sanitario” en torno a la extrema derecha. La AfD (Alternativa para Alemania), es un partido abiertamente rupturista con la integración europea, cuestiona el euro y es totalmente hostil a cualquier cesión de soberanía. Para ellos el mercado solo lo sería en alemán en su totalidad. Y eso no lo consentirá jamás Francia: antes hablarían el mandarín con soltura o le venderían la Torre Eiffel a Xi Jinping.
Y finalmente tenemos a los españoles de Vox envueltos en la rojigualda, ajustada al cuerpo musculado. Sin solución a medio plazo. En términos de soberanía nacional andan todavía enredados con el estado de las autonomías de España, así que de Europa ni hablamos.
A todos ellos les une y les enzarza la cuestión de la soberanía nacional, entendida como un espacio absoluto e indivisible. Será lo que nos mate o lo que nos haga más fuertes. Y no es que Nietzsche fuera ni mucho menos un profeta de la UE, pero consideraba el nacionalismo como un síntoma de empobrecimiento intelectual europeo. Un ídolo para superar. Desde ese prisma deberíamos proclamar “menos soberanía y más Nietzsche”.
Por si alguien se anima dejo aquí la referencia.
