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La eterna batalla

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«El valor de un hombre se mide por su coeficiente de trabajo, como el de la mujer por la maternidad». Es una de las frases que el reconocido psiquiatra Juan José López Ibor incluyó en su Discurso a los universitarios españoles de 1964. Resume una tradición de pensamiento patriarcal que atribuye a mujeres y hombres cualidades distintas «por naturaleza», unas cualidades que derivan en roles diferentes y en una jerarquía que los ordena, prioriza, y valora. Especialmente desde el siglo XIX, ese pensamiento patriarcal contribuye a la creación de dos espacios: el público —en el que habitan los hombres— y el privado —propio de las mujeres—. Lo productivo y lo reproductivo, lo económico y lo doméstico, la razón y la emoción. Las mujeres debían convertirse en el «ángel del hogar» que preservara esos espacios domésticos: mujeres entregadas a la tarea de crear y sostener una familia a toda cosa, sobre todo, a costa de ellas mismas.

En Cuestiones médicas relacionadas con el matrimonio, de 1966, el ginecólogo José Botella decía: «De un modo biológico, el hombre está creado para el cosmos exterior de la lucha por la existencia, mientras que la mujer está biológicamente orientada hacia el endocosmos de la reproducción y la prole». Ser madre se convirtió en un destino «natural» para las mujeres, en la única auténtica realización femenina, pero también en su principal razón de ser.

En 1983, la Comisión por el Derecho al Aborto de Madrid incluyó en uno de sus boletines (llamado «Hinojo y Perejil», en referencia a dos de las plantas a las que se atribuyen propiedades abortivas) las frases de López Ibor y de Botella para señalar hasta qué punto los argumentos contra la interrupción voluntaria del embarazo bebían de un pensamiento pseudocientífico machista. Estaban en plena batalla por la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, que finalmente salió adelante en 1985. «Un pilar ideológico fundamental para todo: la identificación entre mujer y maternidad. Para la ginecología oficial, la mujer es madre. Solo interesa como tal. Y debe rechazarse todo lo que aparte a la mujer de su definición como madre [...]. Desde el punto de vista de la “ciencia” ginecológica oficial, la mujer es, ante todo, ama de casa, sustentadora de una familia monogámica ideal y eterna [...]. En su oposición al aborto libre y gratuito, quienes conforman la casta médica defienden, en realidad, su propia función social, contraria a nuestro esfuerzo por conseguir una sexualidad libre, gratificante, independiente de la capacidad reproductora», escribían.

«La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres», decía en 2012 el entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón

«La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres», decía en 2012 el entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón

Las feministas señalaban las ideas que, bajo el precepto de «lo natural», condenaban a las mujeres a la maternidad forzosa, a la sexualidad unida a la reproducción, al destino de ángel del hogar. No hace falta irse cuarenta años atrás para encontrar esos mismos argumentos retrógrados. «La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres», decía en 2012 el entonces ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón, que planteó una reforma de la ley del aborto tan regresiva que devolvía a España al periodo anterior a 1985. Ensalzar la maternidad con ideas que la unen a una suerte de destino natural, de feminidad plena, de felicidad o realización, y contraponer el aborto como un fracaso, un trauma o un mal personal y social, forma parte del trasfondo reaccionario que existió y que permanece.

Ese ideario de fondo responde a ese proyecto social que divide el mundo entre la esfera pública y la privada, entre lo productivo y lo reproductivo, entre lo que vale, y por tanto tiene un precio, y lo que no. La pensadora Silvia Federici explica la manera en la que el capitalismo se afianzó sobre la explotación de las mujeres en un proceso que comenzó allá por el siglo XV. «El cuerpo de las mujeres empieza a ser visto como una máquina para la producción de fuerza de trabajo. El útero es mirado literalmente como una fábrica de trabajadores», afirma Federici, que subraya que los úteros se transformaron así en un territorio político cuyo control buscan los hombres y el Estado. «La procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista. Yo siempre digo que el cuerpo de la mujer es la última frontera del capitalismo. Quieren conquistar el cuerpo de la mujer porque el capitalismo depende de él», resume. Por tanto, las creencias que comenzaron a asociar la maternidad con la feminidad, los estereotipos que aseguran que las mujeres somos cuidadoras natas, seres emocionales al servicio de la reproducción, son algo más que un ideario moralista: son los cimientos del entramado sobre el que se sostiene la sociedad y la economía en la que vivimos.

Davis relata cómo muchas mujeres negras se autopracticaban abortos porque se negaban a traer niños «a un mundo de eterno trabajo forzoso»

Davis relata cómo muchas mujeres negras se autopracticaban abortos porque se negaban a traer niños «a un mundo de eterno trabajo forzoso»

En Mujeres, raza y clase, la pensadora Angela Davis recuerda cómo las mujeres negras esclavas eran vistas como cuerpos al servicio de la reproducción de la fuerza de trabajo. En su caso ni siquiera funcionaba la mística de la feminidad-maternidad: no eran seres humanos completos, no eran madres, eran potenciales paridoras y eso era parte de su esclavismo. Davis relata cómo, desde los primeros años de la esclavitud, muchas mujeres negras se autopracticaban abortos porque se negaban a traer niños «a un mundo de eterno trabajo forzoso en el que las cadenas y los latigazos, así como el abuso sexual a las mujeres, eran las condiciones diarias de vida». «El control de la natalidad —la elección individual, los métodos anticonceptivos seguros, así como los abortos cuando son necesarios— es un prerrequisito fundamental para la emancipación de las mujeres», escribe Davis.

La batalla por el aborto no se agota porque ataca el corazón de esa división sexual que el patriarcado busca instaurar una y otra vez como lo natural. Si no pueden controlar si somos madres, cuántas veces ni cuándo o cómo lo somos, entonces, ¿a qué se arriesgan? A que existan más mujeres libres, a que haya más mujeres que no acepten los roles impuestos, a que las mujeres puedan decidir si son o no madres, en qué circunstancias y cómo vivir su maternidad. El riesgo no es solo que haya más mujeres que no deseen ser madres, sino que las que quieran serlo lo decidan en sus propios términos. El riesgo es la pérdida de control sobre la reproducción, la humana y la del mundo como lo conocemos.

Dice la feminista Rita Segato: «El aborto es un tema neurálgico, es un centro de gravedad del patriarcado, porque, si no, no se entendería la defensa contra el aborto. [...] Vida: una palabra tan amplia. Entender que hay una persona ahí en un conjunto de células sin autonomía, ni física ni moral ni de arbitrio, totalmente dependiente en todo sentido del cuerpo materno, porque si el cuerpo materno muere ese feto también hasta una determinada cantidad de meses [...]. La criminalización del aborto es un tema de agresión y violencia contra la mujer y no de defensa por la vida». La prohibición del aborto, señala Segato, es una forma de violación, «la peor de todas, porque es una violación de Estado». Rita Segato argumenta, entre otras cosas, que la preocupación que la cruzada antiaborto dice tener por la vida no se extiende con el mismo ahínco a los embriones que son desechados después de los tratamientos de reproducción asistida. «¿Por qué no hacen un vacío jurídico sobre el aborto como lo hacen con los embriones de probeta? Los bebés de probeta no les importan a nadie, porque no hay una madre, no hay una mujer detrás de todo esto. Porque no afecta la vida de las mujeres», asegura.

Penalizar o restringir el aborto es decir a las mujeres que su libertad sexual tiene un precio, el precio de la maternidad forzada, del sufrimiento y el dolor

Penalizar o restringir el aborto es decir a las mujeres que su libertad sexual tiene un precio, el precio de la maternidad forzada, del sufrimiento y el dolor

Hablamos también de libertad sexual. Lo dejó claro el concejal de Vox de Familia e Infancia en el Ayuntamiento de Castelló de la Plana, Albert Vidal, cuando, preguntado sobre el aborto en una entrevista, dijo: «Si va a abortar es que decide no tener el hijo. Exactamente. Y podía haberlo decidido antes de tener el orgasmo que le provoca al hijo». Más allá de la evidente confusión de la frase, reproduce el estigma de irresponsabilidad femenina y placer culpable: si tienes sexo, lo pagas. Penalizar o restringir el aborto es decir a las mujeres que su libertad sexual tiene un precio, el precio de la maternidad forzada, del sufrimiento y el dolor. Eso sin tener en cuenta la cantidad de embarazos producto de sexo sin goce y de violencia sexual que las mujeres arrastramos. La contundencia con la que los antiderechos piden responsabilidad a las mujeres ante un posible........

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