El frágil geniodel cine
Recuerdo de la universidad: el catedrático estableciendo jerarquías entre los cientos, quizá miles de escultores, pintores y arquitectos que trabajaron durante el Renacimiento Europeo, aplicando sus enormes conocimientos, la razón y la ponderación máxima, llevando a cabo un ejercicio similar al que realizara siglos antes Giorgio Vasari para su esencial Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos (Le vite de' più eccellenti pittori, scultori e architettori, 1550), debatiendo con nosotros a cada paso en el camino, recriminándonos el no haber aprehendido del todo lo que significó aquel movimiento esencial en la historia universal del arte.
En la arena agónica que propugnara Harold Bloom acabamos cayendo todos, acaso constriñéndonos al ámbito personal, y buscamos aquellos creadores que más nos impactan (que más nos gustan, dirían muchos…), desdeñando otros que nos parecen menos interesantes. Pero luego tales “combates íntimos” se trasladan a foros y redes sociales, e incluso al ejercicio de la crítica, y resulta inevitable acabar situando a unos por encima de otros, y a otros por debajo de unos, por mucho que se haya instalado en el acervo cultural, por razones que podrían dar para otro artículo, que ningún artista está por encima de otro, que todo es cuestión de gustos y que es, digamos, tan importante el mediocre, el falaz o el inepto como el original, el portentoso o el genial. Pero una de las funciones de la crítica, si función se le puede llamar, consiste precisamente en eso: discernir, por medio de la razón, haciendo acopio de toda la objetividad posible, construyendo argumentos demostrables, que tal o cual artista está decididamente por encima de otro u otros, y que otros están por debajo de él, pues aquello de lo que es capaz del portentoso o genial queda vedado, inalcanzable para el mediocre o el inepto. Y de ahí viene la palabra agonía, que en griego antigua significa lucha o combate, y que se empleaba sobre todo para designar una competición atlética o un enfrentamiento. En este caso, por supuesto, la competición no es “atlética”, es “artística” o “creativa”, y la que tiene lugar entre las diferentes facciones es una batalla de argumento… aunque para ser francos gran parte de esos argumentos se limitan a un parco “me gusta” o “no me gusta” digno de una red social.
Sea como fuere, un poco de aquella manera y a menudo sin mucho convencimiento real, al final todo el mundo que más o menos se interesa por el cine acaba construyendo su panteón personal de directores importantes, valiosos e incluso imprescindibles, mientras que deja de lado a todos los demás como poco interesantes y le cuesta mucho incluir a un nuevo nombre en ese panteón. El problema, al menos para mí, es que la mayoría de esos directores por los que algunos pagarían sin dudar una entrada de cine (en realidad, suelen ser los únicos por los que pagan por una entrada de cine…) les han sido inculcados, serigrafiados, por así decirlo, mediante una campaña de marketing construida durante años o décadas, y ha conseguido dejarles la certeza, a todos estos espectadores, de que no se puede pensar de otra manera ni se pueden encontrar alternativas a eso que se ha propuesto y en lo que se ha insistido de manera machacona, mediante campañas de promoción colosales. A saber: que cierto director que arrasa en la taquilla, o que cierto director que ha ganado dos decenas de premios es el mejor vivo, y que cualquier otra consideración queda anulada. Cuando no hay discusión posible el detector de esnobs, de perezosos y de postureo comienza a vibrar como en una tormenta de arena, y comienzan a ensalzarse hasta el infinito a autores problemáticos, cuestionables o directamente pobres. Esto no tendría mayor relevancia si tal ofuscación no significara, de facto, que otros directores mucho más valiosos quedaran ignorados, marginados o sencillamente silenciados. Nada ocurre sin consecuencias. De esta manera, llevamos meses escuchando que La Odisea, de Christopher Nolan, es probablemente la mejor película del siglo, y que su director, el británico de raya del pelo perfectamente perfilada, es uno de los mejores de la historia, tal cual. Si estas afirmaciones vinieran acompañadas de alguna idea, argumento o teoría que les diera pábulo, quizá podría dar pie a cierto debate. Pero no hay debate. En su posición de creador intocable, desde que hizo El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008), sus cada vez más numerosos acólitos saludan cada nuevo filme como si fuera una obra de dimensiones artísticas colosales, y acuden en masa a las salas para convertirlos en inmensos éxitos comerciales, sin admitir la menor duda a esta veneración colectiva. Nada más sospechoso de haber sido manipulado desde la propaganda.
Si lo pensamos bien, no resulta tan descabellado como pueda parecer establecer una equivalencia entre un director de cine y un creador de droga de diseño. En realidad, el cine es una droga, la más benigna que existe, y los directores tratan de venderte, mostrarte y........
