Ozempic y otros fármacos antiobesidad afrontan su primer test de estrés económico
En la junta anual de accionistas de Novo Nordisk, celebrada en Copenhague el mes pasado, el CEO, Maziar Mike Doustdar, se esforzó por subrayar los aspectos positivos. La nueva versión oral del fármaco adelgazante Wegovy ha arrancado con cifras récord, con más de 600.000 recetas expedidas en apenas ...
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dos meses. Además, Doustdar logró llevar el medicamento al mercado antes que la versión oral de su gran rival, Eli Lilly, recuperando así parte del terreno perdido en una competencia encarnizada que, en los últimos tiempos, ha favorecido mayoritariamente al grupo estadounidense.
Sin embargo, sobre la nueva generación de fármacos contra la obesidad planea una incógnita aún sin resolver. Estos medicamentos no han atravesado aún una desaceleración severa del gasto de los consumidores desde que explotaron en popularidad, por lo que no está claro hasta qué punto los clientes seguirán fieles a los tratamientos cuando los presupuestos familiares se estrechen. Como mínimo, un empeoramiento del ciclo económico tras la guerra con Irán intensificaría una guerra de precios ya de por sí dañina para las farmacéuticas.
Eli Lilly y Novo Nordisk son los titanes del llamado universo GLP‑1, que engloba tanto los medicamentos para la diabetes como los destinados a la pérdida de peso. Según las previsiones de los analistas recopiladas por Visible Alpha, este año van camino de generar más de 100.000 millones de dólares (84.790 millones de euros) con tratamientos de esas dos categorías por sí solos. Esa cifra alcanzará los 116.000 millones en 2030, de acuerdo con la misma estimación, a medida que ambas compañías lancen nuevas formas de estos tratamientos más allá de los clásicos inyectables como Wegovy o Zepbound. Uno de los focos clave es la gama de píldoras orales, que el máximo ejecutivo de Novo Nordisk promocionó el mes pasado.
Pero sostener la demanda exige que los clientes sigan pagando de su bolsillo. Se trata de un problema poco habitual en el mundo farmacéutico, donde los compradores suelen ser médicos u hospitales y el dinero procede, en última instancia, de aseguradoras o sistemas de salud. Los fármacos para adelgazar, sin embargo, se han convertido también en un fenómeno de consumo minorista, con clientes que cada vez más pagan directamente de su bolsillo. Y los precios son elevados. El coste mensual que asume un paciente sin cobertura puede absorber casi un quinto del ingreso bruto medio en Estados Unidos y alrededor del 10% en Reino Unido, calculamos.
La consecuencia es que la demanda podría resentirse si sube el paro o se enfría el consumo. Ese escenario empieza a perfilarse. El encarecimiento del petróleo mermará los presupuestos familiares, reduciendo la propensión a gastar en otros bienes y servicios. Los analistas de Goldman Sachs han recortado su previsión de crecimiento del consumo en EE UU al 1,2%, frente al 2% anterior a la guerra, en referencia al cuarto trimestre de 2026 en comparación con un año antes. Además, la economía ya daba señales de debilidad: en febrero, EE UU perdió 92.000 empleos y la tasa de paro subió al 4,4%. Podría ser el primer gran test de estrés para los medicamentos contra la obesidad. En 2022, cuando también repuntaron los precios de la energía y los tipos de interés, el fenómeno GLP‑1 estaba aún en una fase temprana y los consumidores estadounidenses disponían de un colchón de ahorro excepcional, fruto de los confinamientos y los estímulos presupuestarios de la pandemia.
La cuestión central es el lugar que ocupan estos fármacos en la lista de prioridades de los hogares: ¿se asemejan a contratos de internet, pagos hipotecarios o tratamientos médicamente necesarios, que suelen mantenerse incluso en recesión? ¿O son más bien comparables a lujos discrecionales o a productos de marca en el supermercado, que normalmente sufren cuando llegan las vacas flacas? Dicho de otro modo: ¿valoran los usuarios de GLP‑1 su nueva figura esbelta lo suficiente como para seguir pagando, aunque eso implique recortar en otros gastos?
La visión optimista, desde la óptica de las farmacéuticas, es que los clientes que compran medicamentos adelgazantes sin receta suelen ser, de media, relativamente acomodados. Sin embargo, hay indicios de que el coste ya supone un obstáculo importante para pacientes y usuarios de fármacos GLP‑1. Los efectos secundarios y las barreras financieras son las razones más habituales para abandonar el tratamiento. Más de la mitad de las personas que los toman deja de hacerlo en el plazo de un año. Los datos muestran que el abandono se dispara cuando el gasto directo supera los 500 dólares (423,95 euros).
Además, a los pacientes les resultará cada vez más fácil optar por alternativas más baratas. En vez de gastar más de 1.000 dólares al mes en una receta de Zepbound, de Eli Lilly, podrían pasarse a las nuevas formulaciones en pastilla, más económicas, que ofrecen resultados similares en pérdida de peso y pueden costar tan solo 149 dólares al mes. Al tiempo, Novo Nordisk ha ido recortando el precio de sus recetas mensuales en un intento por recuperar cuota de mercado. Pero existe también una opción más arriesgada: seguir comprando versiones inyectables de imitación a través de farmacias online. Los precios pueden situarse por debajo de 130 dólares al mes, lo que lleva a muchos pacientes a probar suerte o incluso a buscar versiones peligrosas y, a menudo, no reguladas en internet.
Los fabricantes de GLP‑1 afrontan también problemas a más largo plazo. Lilly y Novo están invirtiendo miles de millones en I+D para mejorar sus productos actuales. En el caso de la danesa, esto responde en parte al objetivo de evitar una pérdida drástica de ingresos cuando, en 2031, el principio activo de Ozempic y Wegovy pierda la protección de patente en EE UU. Cuando expira la patente de un fármaco, su precio suele caer alrededor de un 80%. En ese escenario, el fabricante necesitaría multiplicar por cinco el número de pacientes para obtener los mismos ingresos que antes. Aplicado a los GLP‑1, esto implicaría que unos 75 millones de estadounidenses tendrían que tomarlos para mantener estable la facturación, una cifra que supera con creces a más de la mitad de la población del país mayor de 45 años. Parece poco realista: a finales del año pasado, solo el 12% de los estadounidenses afirmaba estar tomando este tipo de medicación.
Las farmacéuticas no han modificado sus objetivos financieros públicos a raíz del conflicto con Irán. Pero los inversores parecen haberse adelantado al problema. Las acciones de Lilly cayeron un 11% entre el día previo a los primeros ataques en el Golfo y el pasado viernes, frente a un descenso del 7% registrado por el conjunto del sector farmacéutico en el S&P 500. Desde el punto de vista del accionista, importa relativamente poco si los usuarios con menos recursos abandonan los GLP‑1 o simplemente buscan alternativas más baratas. En ambos casos, la conclusión es la misma: un crecimiento más lento.
Las valoraciones tanto de Lilly como de Novo han venido cayendo en los últimos meses. La primera cotiza a unas 26 veces los beneficios esperados para los próximos 12 meses, frente a un máximo cercano a 60 alcanzado en 2024. Por su parte, la segunda se mueve en torno a un múltiplo de 11, muy por debajo del pico de 38 registrado también en 2024. Estas caídas se explican en gran medida por la competencia feroz entre ambas y por la expectativa de que otros gigantes, como AstraZeneca, Pfizer o Roche, irrumpan pronto en el mercado. Un golpe a corto plazo al consumo no hace sino agravar el problema.
