Las Palmas of Durban
En los años 90, en el viaje de regreso de Ciudad del Cabo, siempre hacíamos escala en La Luz para hacer consumo de diésel y ... provisiones. Bunker que se dice en el argot náutico. Atracábamos babor al muelle de Santa Catalina y allí nos esperaba Carmelito, el agente de buques con la furgo Toyota. Algún día les contaré de como Carmelito vendió la platanera para comprar un local en El Sebadal, montar una agencia de consignación de buques y forrarse.
Los viejos de la compañía eran capitanes maniáticos, de misa y rosario, profundamente paternalistas. Unos bebedores de fondo vestidos de caqui y, alguno, hasta con un loro en el hombro llamado Iñaki. Personajes conservados en vino sacados de un capítulo de Fortunata y Jacinta, trufados de supersticiones sin fin que nadie debía echar de menos en sus casas. Uno de ellos, un gallego espeso atravesado a la marejada de la vida con pose del difunto Tejero, pedía al consignatario quesos holandeses de bola, cajas del citado Appletiser, galletas Digestive, y le faltaba tiempo para irse de bazares. Estas trapalladas no las hay en España, decía en la cena de oficiales con tres copas de vino encima y la camisa desabrochada, sacado de un lienzo goyesco…
¡Oiga, Señor capitán!, replicaba el camarero, natural de Guanarteme, que Canarias es España, tu me entendiste rapaz, le respondía el viejo con pose de Marlon Brando barato en El Motín de la Bounty. Sí, Canarias era otro país con otras cosas y marcas que sólo los españoles con mundo veían. Tener familia en Canarias era una puerta abierta a un mundo comercial........
