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Un mundo sin nosotros

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24.03.2026

De un tiempo a esta parte, se multiplican los mensajes que apuntan a que los seres humanos, que en otro tiempo fuimos la medida de ... todas las cosas —por voluntad divina, para quienes creen en un ser superior, o por humanismo, para quienes no cuentan con los dioses—, hemos pasado a ser una mercancía excedentaria y desfasada susceptible de amortización. La fiebre de la mal llamada IA, o inteligencia artificial, cuyo éxito se mide en la cantidad de trabajadores de cuyo salario y cuyos achaques permite prescindir para sustituirlos por agentes algorítmicos que trabajan sólo por la energía que consumen, nunca enferman y menos aún piensan en montar un sindicato —por ahora—, es sólo una de esas formas de depauperación de lo humano.

Podrían añadirse otros fenómenos, como la cada vez más extendida reticencia a la procreación, la sustitución de afectos humanos por mascotas o compañías virtuales o la beligerancia contra los movimientos migratorios. Antes a las personas se las consideraba activos valiosos; hoy son, para muchos, un pasivo, un lastre, un gasto inasumible para la familia o el Estado.

Qué duda cabe: somos muchísimos, ocho mil trescientos millones ya, y al ritmo al que consumimos los recursos escasos del planeta, sobre todo en los países desarrollados, en la paz y en las guerras devastadoras que seguimos sosteniendo, casi se nos podría equiparar a una plaga. Hemos roto los equilibrios que nuestros antepasados mantenían con su entorno, y también con otros seres humanos; por ejemplo, entre las generaciones.

Sobre esta premisa, resulta inquietante la fábula que en su reciente novela Las fronteras nos plantea la escritora asturiana Carolina Sarmiento. En un mundo arrasado por las guerras y la sobreexplotación, un gobierno mundial adopta una resolución drástica: despoblar zonas enteras del planeta para abandonarlas a la naturaleza, confiando en que esta las reconquiste y borre las huellas de la indeseable presencia humana. El protagonista es un guarda que debe asegurar el vaciamiento de una de las zonas designadas, tras la muerte de los que aún viven allí. Su cometido es impedir que procreen, que salgan del perímetro autorizado, que cacen. Tan sólo pueden subsistir, hasta que se extingan.

Excombatiente de varias guerras, se aplica convencido a la erradicación de sus semejantes. Tampoco vacila en acelerarla. «Si algo bueno hemos dejado los humanos es la música —dice—. Lo demás son huesos sobre huesos». Una estremecedora alegoría de nuestro tiempo; la cruda visión de un mundo sin nosotros.

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