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Culpabilidad permanente

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21.03.2026

La cantante Rosalía, de gira por las Américas, concedió una entrevista en la que, preguntada por la figura de Picasso, hizo estas declaraciones: «Nunca me ... ha molestado diferenciar al artista de la obra. Quizás ese señor, si le hubiera conocido, no me hubiera caído tan bien por las cosas que me han explicado. Pero, quién sabe, a lo mejor sí. No me importa, disfruto de su obra». Lo más misterioso del asunto es que a una joven cantante del siglo XXI le pidan, sin venir a qué, que enjuicie a un viejo pintor del siglo XX, y es misterioso porque su opinión al respecto resulta tan relevante para su público como lo sería el hecho de solicitarle su valoración del teorema matemático de Fermat. Bien, ¿dijo alguna barbaridad Rosalía?, ¿fue la suya una declaración insultante para colectivos marginales, vulnerables o susceptibles de ser especialmente susceptibles? Creo que no, salvo que se padezca algún trastorno de discernimiento de las muchas realidades que componen la realidad: se puede disfrutar de la obra de Picasso y reprobar su conducta con sus sucesivos amores y amoríos. Aparte de eso, al ver un retrato de Dora Maar pintado por él no todo el mundo está informado de que Picasso le daba palizas bestiales, según el testimonio de, entre otros, Paul Éluard. Hay quienes piden que la obra de Picasso, maltratador y machista, sea retirada de los museos, aunque de momento nadie se ha atrevido a proponer que el hueco que deje sea ocupado por la obra de un pintor intrascendente como tal pintor, pero ejemplar como marido.

Sea como sea, la cantante Rosalía, tras la presión y la catarata de insultos que padeció por sus inocentes declaraciones, ha acabado pidiendo perdón en público, y ahí es donde creo que se ha equivocado: no resulta prudente ceder a la vocación inquisitorial de quienes se proclaman puros y puras de espíritu, porque de ese modo estamos dándoles argumentos para ejercer una de las aficiones más arraigadas en el ser humano: la censura y condena de cualquier insignificante divergencia del prójimo con respecto a la ortodoxia fijada como tal por algún colectivo dominante.

En otro ámbito, el rey Felipe VI ha reconocido que hubo «abuso en la conquista de México», cabe suponer que casi tanto como en la casa de Picasso. Al final, el expresidente López Obrador, hombre de pensamiento lento, se ha salido con la suya: exigía que España pidiese perdón de manera retrospectiva por los desmanes de la Conquista. Ahora podemos devolverle la pelota y exigir a la presidenta Sheinbaum que pida perdón a la Humanidad en pleno por las más de 5.000 mujeres asesinadas en México durante 2025. O por las miles de muertes ocasionadas por el narcotráfico. O por el índice de corrupción política y policial de su país. Y es que Picasso no tiene la culpa de todo.

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