La oficina de la esquina, sin el cubículo de por medio
En la bandeja de entrada de la cuenta de correo electrónico había dos mensajes.
Uno era de una de las grandes firmas de consultoría: salario de entrada alto, una marca que abre puertas y la promesa implícita de que, en tres o cuatro años, podrías hacer casi cualquier cosa. El otro era de Claude Corps, el programa de Anthropic: ochenta y cinco mil dólares al año, un puesto dentro de una organización sin ánimo de lucro y doce meses construyendo herramientas de inteligencia artificial que el equipo pudiera seguir usando cuando el fellow (asociado) se marchara.
Imaginemos a Daniel —veinticuatro años, menos de dos de experiencia— los miraba, alternando entre uno y otro. Sabía que la decisión no era solo de dinero: era una apuesta sobre qué habilidad le dejaría, diez años después, pasar del cubículo a la oficina de la esquina, esa con ventana.
Durante décadas, el camino más seguro para un talento ambicioso e inseguro a la vez —ese que quiere ingresos, seguridad y estatus al mismo tiempo— ha pasado por la banca de inversión o la consultoría estratégica. En Estados Unidos han competido otras vías: Teach for America, los programas de product management de las tecnológicas, aceleradoras como Y Combinator. Todas atrajeron gente brillante; ninguna desplazó del todo el magnetismo de aquellas dos instituciones.
Lo que ha........
