México, Cuba y la lealtad histórica
México, Cuba y la lealtad histórica
Yailé Balloqui Bonzón
Yailé Balloqui Bonzón
Autor(es): Yailé Balloqui Bonzón
Entre presiones geopolíticas y convicciones soberanas, la presidenta Claudia Sheinbaum opta por sostener la cooperación humanitaria con nuestro país en uno de sus momentos más difíciles
En uno de los momentos más duros que ha vivido Cuba en las últimas décadas, cuando las sanciones recrudecidas por Donald Trump intentan cerrar cada resquicio financiero y energético, México ha decidido no romper un vínculo que no es circunstancial ni oportunista, sino profundamente histórico.
La declaración de “emergencia nacional” firmada en Washington y acompañada de la amenaza de imponer aranceles a los países suministradores de petróleo a nuestro archipiélago, colocó a México en el centro de una tormenta geopolítica. El mensaje fue claro y advertía de tener que pagar un alto precio económico a quien ayude a Cuba.
Y, aunque no se mencionara con nombre y apellido en cada frase, el destinatario parecía evidente: la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, la respuesta mexicana no fue el repliegue automático ni la ruptura abrupta. Fue, más bien, una reformulación cuidadosa, un movimiento de equilibrio el cual intenta sostener principios sin incendiar puentes.
Una historia que no comenzó ayer
Las relaciones entre México y Cuba no nacieron en 1959, si bien la Revolución marcó un punto de inflexión. Son mucho más antiguas. Apenas 200 kilómetros separan a la península de Yucatán del occidente cubano. La cercanía geográfica siempre fue también proximidad cultural y política.
En el siglo XIX, José Martí encontró en el país azteca un espacio de pensamiento y refugio. Décadas después, en 1955, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara se conocieron en Ciudad de México y desde allí organizaron la expedición del yate Granma. Ese episodio no solo pertenece a la memoria cubana, también forma parte de la historia mexicana.
Tras el triunfo revolucionario, México fue el único país latinoamericano que no rompió relaciones diplomáticas con La Habana, aun cuando la mayoría del continente siguió la línea de Washington. Durante la Guerra Fría, México ejerció un papel delicado y mantuvo la interlocución con Cuba sin dinamitar su vínculo estratégico con Estados Unidos.
Esa tradición de política exterior –basada en la no intervención y la autodeterminación de los pueblos– sobrevivió a gobiernos de derecha e izquierda. No ha sido una excepción, es una constante.
López Obrador y el acercamiento sin matices
Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador y el ascenso de Morena –partido político mexicano–, la relación adquirió un tono más cercano y explícito. Ya no se trataba solo de mantener vínculos diplomáticos, acaso de reivindicar una afinidad política e histórica.
López Obrador elogió en varias ocasiones la resistencia del pueblo cubano frente al embargo y estrechó la relación con el presidente Miguel Díaz-Canel. Se firmaron acuerdos de cooperación, se facilitó la contratación de miles de médicos cubanos para comunidades vulnerables en México y se profundizó el intercambio político entre Morena y el Partido Comunista de Cuba.
En el plano energético, México incrementó sus envíos de petróleo –entre 17 000 y 22 000 barriles en determinados momentos–, convirtiéndose en un apoyo clave ante la caída del suministro venezolano.
No fue una improvisación coyuntural. Es la continuidad de una narrativa donde Cuba aparece como nación cercada y México es un aliado histórico.
Sheinbaum: continuidad en tiempos de presión
El escenario que enfrenta hoy Claudia Sheinbaum es más complejo. La administración Trump no solo endureció el embargo, también intervino en el suministro petrolero venezolano, cerrando otra vía vital para Cuba. El resultado es palpable: apagones prolongados, inflación creciente, escasez de medicamentos y combustible.
Frente a la amenaza de aranceles, México quedó ante la difícil decisión de mantener el suministro energético y arriesgar su relación con su mayor socio comercial, o retroceder y dejar a Cuba aún más aislada.
Sheinbaum optó por un punto intermedio. Suspendió temporalmente los envíos de crudo mientras analizaba el alcance real de las sanciones, pero mantuvo la cooperación humanitaria. Más de 800 toneladas de alimentos y productos básicos llegaron a la Cuba en buques de la Armada mexicana. “No se puede ahorcar a un pueblo así”, afirmó, al calificar de injustas las medidas que impactan directamente en la población.
Además, abrió la puerta a la diplomacia, diferenció los contratos petroleros de la ayuda humanitaria y ofreció a México como posible puente de diálogo.
La decisión no es inocua. México ya enfrenta presiones de Washington en materia comercial, migratoria y de seguridad. Sectores políticos estadounidenses miran con recelo la cercanía entre Morena y La Habana. Cada gesto es observado.
Pero también hay una lectura interna y regional. Mantener la ayuda humanitaria es, para México, una afirmación de soberanía. No se trata de desafiar frontalmente a Estados Unidos –porque no lo ha hecho–, sino de no aceptar que la política exterior propia quede subordinada por completo a una amenaza.
En términos geopolíticos, es un ejercicio de equilibrio fino. En términos históricos, es coherente con más de seis décadas de una línea diplomática que ha buscado no romper con Cuba, incluso en los momentos de mayor tensión hemisférica.
Al final, la discusión no es solo energética, es simbólica y política. El envío de alimentos y productos básicos, en medio de la escasez, tiene un valor trascendental más allá de las cifras.
México no actúa únicamente por afinidad ideológica. Hay memoria histórica, cálculo estratégico y también convicción. En tiempos de asfixia económica, sostener un puente –aunque sea frágil– es una forma de decir que la relación no depende del clima político del momento.
Cuando se mire atrás y se evalúe este episodio, probablemente la historia no se contará solo en barriles de petróleo o toneladas de ayuda. Se medirá en la capacidad de un país para mantener su tradición diplomática bajo presión.
Y en esa decisión, la patria de Juárez vuelve a recordar –también al continente– que su política exterior no es una improvisación: es parte de su identidad.
Cuba, EEUU, México, Política internacional
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