Sucia por origen, limpia por destino
Sucia por origen, limpia por destino
Héctor Alejandro Castañeda Navarro
Héctor Alejandro Castañeda Navarro
Autor(es): Héctor Alejandro Castañeda Navarro
Desde sus primeras aplicaciones experimentales por la década del 70, hasta su reciente impulso dentro del sector del transporte, el uso del biogás ha evolucionado como solución energética sostenible en el país
En el municipio de Martí, Matanzas, se encuentra en fase final de puesta en marcha una singular iniciativa que promete marcar un hito en la región: la incorporación de ómnibus propulsados por biometano o biogás refinado al sistema de transporte público.
Los orígenes de esta novedad se remontan a un camino mucho más largo, construido entre investigaciones, experiencias y desafíos tecnológicos ya anticipados por BOHEMIA hace décadas como una alternativa que hoy comienza a materializarse.
Cimientos de una apuesta nacional
Aunque actualmente se abre paso hacia sectores más complejos, el uso del biogás en Cuba no es un fenómeno reciente. Sus inicios datan de la década de los 70, cuando se instalaron de forma experimental los primeros biodigestores en zonas rurales, con el propósito de aprovechar los desechos orgánicos –principalmente de la ganadería– para la obtención de energía.
Aquellos inicios mostraron un empleo limitado de esta tecnología, concentraban experiencias aisladas; sin embargo, sentaron las bases de una opción que cobraría mayor relevancia tiempo después.
Ya en junio de 1982, la sección Panorama de la Ciencia y la Técnica de nuestra revista (No. 23), establecía los fundamentos teóricos de lo hoy exhibido en Matanzas. Ese número, no solo explicaba desde la óptica del ingeniero Edgardo González Alonso las etapas biológicas de la metanogénesis –el proceso de biodescomposición en ausencia de aire–, sino vaticinaba que el desarrollo de esta fuente renovable podría ahorrarle al país hasta 200 000 toneladas (t) de petróleo al año.
El recurso, poco a poco, dejaba de ser una curiosidad de laboratorio para transitar hacia un proyecto de programa de desarrollo nacional coordinado.
Esa transición de lo experimental a lo cotidiano fue captada por la pluma de Alberto Pozo en agosto de 1982 en nuestras páginas (No. 33). Bajo el título “¡No hay idea pequeña!”, se documentó cómo en la vaquería La Unión, de Villa Clara, las excretas de apenas 25 vacas podía iluminar el centro y alimentar fogones, con una potencia de llama similar al gas de la calle. La publicación defendía cómo a........
