No nos engañemos: la cruda verdad sobre izquierda y derecha
Los discursos de comentaristas y periodistas tienden a confundirnos al hablar de “izquierdas” y “derechas”, como si se tratara de muchos grupos distintos. Otros hablan de “centro izquierda” y de “centro derecha”. Ello no es más que una nomenclatura anticuada que no da cuenta de la realidad política ni abre perspectivas hacia el futuro.
El periodismo político ha desarrollado la idea de “las derechas” y “las izquierdas”, siguiendo una nomenclatura anticuada que se intenta remozar. Otros hablan de “centro izquierda” y de “centro derecha”. Todas esas expresiones tienden a generar matices circunstanciales en el devenir político de la sociedad, marcado particularmente por el tono usado por los jefes de las organizaciones políticas (me cuesta usar la palabra “dirigentes” para quienes más que dirigir son simples ecos de encuestas y de “decires varios” de sus rivales).
Se trata de dar tonalidades a una mirada dicotómica de la política, donde los extremos son los que importan, dejando en el centro a una masa informe que se puede mover hacia cualquiera de los extremos, simplemente porque no tiene nada propio que ofrecer.
Ese enfoque -nacido en la Sala de Juego de Pelotas de la Revolución Francesa, donde los conservadores (partidarios de la monarquía) se agrupaban hacia la derecha, mientras que los revolucionarios se ubicaban a la izquierda- hasta hoy es así, al menos en la “sala de juego de pelotas” del Congreso chileno, situando a los conservadores a un extremo y a los rivales a la izquierda. En el centro, una masa parlamentaria que se balancea sin formular posiciones claras ni hacer proposiciones originales. A veces con cierto ingenio, pero que no apuntan a nada sustantivo.
Es una mirada lineal, que enfrenta posiciones y propone estereotipos que nada dicen de fondo. Basta mirar lo que han sido los gobiernos de los últimos 35 años y sus oposiciones. Dos discursos que no se expresan en las conductas con entera claridad, pues en el fondo los gobiernos que se suponen partidarios del cambio (es decir, de no conservar el modelo impuesto por las minorías oligárquicas mediante la fuerza de las armas) se limitaron a modificaciones cosméticas sin intentar siquiera sustituir las piezas claves del esquema establecido.
Y para coronar la afirmación, debo decir que algunas de las políticas sociales de las que tienden a vanagloriarse los que se sientan a la izquierda han sido desarrolladas, aprobadas y promovidas por los gobiernos de la derecha.
Incluso, la idea de cambiar la Constitución de Pinochet y Guzmán fue del gobierno de Sebastián Piñera. A la larga, la estrategia conservadora dio frutos, porque los procesos fracasaron en sus empeños (ambos con posiciones muy extremas), hubo cambios constitucionales donde no se tocó nada sustancial y los derechistas e izquierdistas siguen jurando respetar una constitución elaborada por la dictadura, para mantener una democracia restringida (o protegida, como dicen los hinchas de los autores del texto).
Hoy acuñan otro término: “progresistas”, como si ellos fueran los únicos partidarios del progreso en la sociedad. ¿Y qué es el progreso? Algo tan simple como “ir hacia adelante”. Eso quiere decir “seguir profundizando lo mismo, mejorar los métodos para ir más rápido hacia los objetivos”. Por ejemplo, es progresista el empresario que elabora estrategias para mejorar los rendimientos de su negocio y ganar más dinero. Es progresista el que busca el poder y se consolida en él o se mantiene vigente, aunque deba cambiar de posiciones,........
