Nuestra desigualdad es un doloroso apartheid
Lo que hoy nos convoca es la desigualdad que apreciamos en nuestra marcha cotidiana, esa que duele e indigna, la que insulta al ser humano.
Para muchos, la igualdad tiene su origen en la naturaleza humana. Erigida en uno de los principios de la revolución francesa y de otras tantas que le seguirán después, la igualdad es un valor que pertenece a nuestra civilización contemporánea. Aun cuando su contenido sea objeto de apreciaciones y debates, por la igualdad se legisla, se marcha, se lucha y, en ocasiones, hasta se da la vida.
Así, la desigualdad, que es su antónimo, es denunciada y combatida. Sobre ella, los especialistas reflexionan, comparan, disertan y publican. Definen sus alcances y la caracterizan; la dividen tanto, que hasta la trituran, insertándola en diferentes categorías para mejor comprender su esencia, pero logrando a veces transformarla en un concepto abstracto, desprendido de la sociedad que la padece.
La igualdad formal, garantizada por nuestra normativa jurídica, requeriría de múltiples explicaciones para que resultara comprensible y, sobre todo, convincente. Y, como sabemos, “quien mucho explica, complica”. A todas luces, esa igualdad jurídica formal es insuficiente y no responde a los graves problemas que provoca su antónima.
Lo que hoy nos convoca es la desigualdad que apreciamos en nuestra marcha cotidiana, esa que duele e indigna, la que insulta al ser humano.
La igualdad y la expresión política
Étnica, económica, social, de género, jurídica, educacional, urbana, ambiental…las desigualdades son enfrentadas de distinta manera, según quienes gobiernen o busquen hacerlo. El énfasis que ponen en ellas las coaliciones y partidos políticos es, por consiguiente, muy diferente.
Algunos la ignoran o la relativizan, comprendiendo solo parcialmente los daños que provoca. Al no estar en su ADN ideológico, conviven con sus efectos, condicionándola a otros valores, como si la desigualdad dependiera de estos.........
