¡Milagro! de San Lillo: animitas y santos profanos en auxilio
Incrédulos por lo leído, junto a Cristian, nos reímos bastante esa mañana, hasta que un extraño silencio se hizo presente en su consulta.
Tanto el diván del psicoanalista como los sillones de peluqueros y dentistas son sitios confortables donde pacientes y clientes escuchan, se expresan y, a veces, comadrean con el profesional que los atiende. A su manera, estos actúan como terapeutas de facto. Antes de que se pusieran huidizos y gruñones, los taxistas también formaban parte de esa misma estirpe con “habilidades interrelacionales” —como califican siúticamente a quienes son, simplemente, simpáticos—.
Tengo un amigo dentista, con quien me atiendo regularmente. Naturalmente, conversamos mucho. Por obvias razones, más lo hace él que yo. Solo cuando no estoy con algún aparato en la boca le respondo y comento, de manera de acompañar esas pláticas, siempre amenas.
Pues bien, mientras Cristian —así se llama— pasaba cuidadosamente el láser sobre mi mandíbula, me relató hace poco una de esas anécdotas que suelen quedarse en la memoria. Le dije que bien valdría la pena darla a conocer, y es lo que hago.
Un paseo con historia al lago Vichuquén
A poco de recibirse de cirujanos dentistas, un grupo de compañeros de curso fue a pasar un fin de semana al lago Vichuquén. Arrendaron un pequeño autobús con chofer y salieron de Santiago por la tarde. Varios de ellos, ya bastante alegres al partir, aprovecharon el trayecto para pasar de la alegría a la euforia que provoca el whisky bebido de la botella que circulaba entre los asientos.
Uno de ellos, de apellido Lillo, llevaba un hermoso bolso de cuero, recién comprado, con el que debía viajar días después a........
