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De Bielsa y el conflicto educativo: la tensión entre acreditación y aprendizaje

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06.07.2026

I. Una escena: desde Montevideo a un mundial

Conviene empezar por una escena pequeña, casi doméstica, que sin embargo condensa una tensión de época. Un cuerpo técnico de fútbol de alto rendimiento y un grupo de jugadores profesionales entran en conflicto. Lo interesante no es el conflicto en sí —el fútbol vive de ellos—, sino su contenido. Los futbolistas no impugnaron el sistema táctico. No discutieron una estrategia de juego ni el diseño de las jugadas. Pidieron algo distinto: menos explicaciones, menos videos, menos información, menos entrenamiento fragmentado. Pidieron, en rigor, que el proceso de aprendizaje fuera menos exigente. Y el entrenador cedió, argumentando que negarse habría dañado la cohesión del grupo.

Leída con atención, la escena plantea una pregunta que excede largamente al deporte: ¿qué ocurre cuando quienes deben aprender comienzan a definir cómo se enseña, y cuánto es el aprendizaje pertinente? ¿Qué ocurre cuando el educado define hasta donde está dispuesto a aprender?

La pregunta no es retórica ni tiene una respuesta obvia. Toca el núcleo de una relación pedagógica que las sociedades humanas han organizado, durante milenios, sobre un supuesto muy preciso: que existe una asimetría de conocimiento entre quien enseña y quien aprende, y que esa asimetría es la razón misma del vínculo. Cuando la asimetría se invierte —cuando el que todavía no sabe pasa a fijar las condiciones del saber—, algo estructural se desplaza.

Este capítulo sostiene una tesis y, acto seguido, intenta ponerla a prueba. La tesis es que las instituciones formativas contemporáneas están migrando desde una lógica de transformación hacia una lógica de servicio, y que en esa migración se confunden dos cosas que no coinciden: la acreditación, que certifica que alguien pasó por una institución, y el aprendizaje, que transforma a una persona.

La escena de Montevideo (que termina en una grave crisis en el mundial de Estados Unidos) es un buen umbral porque muestra la tensión en estado puro, fuera del aula, donde solemos naturalizarla.

II. Del aprendiz al cliente

Hay un desplazamiento histórico que la sociología de la educación ha documentado con creciente precisión: la universidad —y con ella buena parte del sistema formativo— se parece cada vez más a una empresa de servicios, y el estudiante se parece cada vez más a un cliente. El cliente, por definición, tiene preferencias. Quiere menos carga de lectura, menos evaluación, menos complejidad, más flexibilidad, más bienestar y, desde luego, quiere (o exige) el mismo certificado al final. No se trata de una caricatura moralista. Basta recorrer los pasillos de muchas universidades para constatar que una porción significativa de las conversaciones institucionales gira en torno a la acreditación, la nota, el promedio, el tiempo de titulación y la empleabilidad. Muy pocas giran en torno al conocimiento mismo.

La sociología ofrece nombres para este fenómeno. Randall Collins, en La sociedad credencialista (1979), mostró que buena parte de la expansión educativa no responde a un aumento real de las competencias requeridas por la economía, sino a una carrera por las credenciales: a medida que más personas obtienen un título, la señal que ese título emite se degrada, lo que obliga a obtener credenciales adicionales para volver a distinguirse. La consecuencia es una inflación credencialista que desacopla progresivamente el papel del saber que supuestamente lo respalda. Ronald Dore bautizó ese desacople, en 1976, como la enfermedad del diploma: cuanto más se orienta un sistema a la obtención de certificados, más se aleja de la educación, hasta que estudiar se convierte en un rodeo administrativo hacia la acreditación.

A esa dinámica estructural se sobrepone una transformación institucional. La literatura sobre la mercantilización de la educación superior —reunida, entre otros, en el volumen editado por Molesworth, Scullion y Nixon (2011)— describe cómo las universidades, presionadas por el retiro del financiamiento estatal, la dependencia del arancel y los regímenes de ranking, se reorganizaron a sí mismas como oferentes de un producto. Al........

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