La estupidez, el más temible de los pecados capitales
"Quizás hoy en día el objetivo no es
descubrir lo que somos, sino rechazarlo"
M. Focault
Nota. Disculpen lo largo del artículo. Ya sé que el mandato es que todo debe ser rapidito y sin dolor. Si no pueden leerlo de un tirón porque el hábito es la media cuartilla, hagan el esfuerzo: lo leen a pedacitos de un minuto. También puede ser un párrafo, paran, buscan algo en TikTok, leen otro párrafo, paran, se alivian con un meme… y así.
Sueño, seguramente enfrentado imágenes, recuerdos, símbolos a manera de mensajes, de pistas sobre quién soy o qué realmente me pasa. No lo sé porque lo olvidé, como casi siempre que me despierto. Esta vez fue tremendo martillazo que parecía abarcar mi vida completa, era una amenaza, el rugido que nunca había escuchado. La hecatombe, que no se me parece a nada, que jamás había imaginado o vislumbrado me arrancó de la cama. Todo se convirtió en eso. Lo soñado o la situación de soñar no se había disipado a pesar del espanto, entonces el sonido tenía textura sedosa, líquida y un fuerte olor a muerte.
La segunda detonación, ya asomado a la noche, me confirmó que nos estaban bombardeando. Sabía que eran los más poderosos depredadores que ha conocido este planeta. Venían a concretar su amenaza. Entre las dos explosiones y después de ellas un retiemblo invisible ocupó todo nuestro ámbito. Aviones o cualquier otra cosa mortífera imbricada indisolublemente a las explosiones, al poder de destrucción y al poder a secas seguía allí, era como el estallido disgregado, permanente. Desamparo, impotencia, miedo, frustración, odio… ¿habrá una sola palabra para nombrar todas esas maldiciones? La habrá porque ese maldito sonido las conjugó.
Aunque esas detonaciones y esa trepidación que se estacionó en el ambiente ya sólo habitan la memoria, pareciera que tienen el influjo que se va a quedar más acá del recuerdo. Digo más acá porque ocupa la realidad, la cotidianidad que te conecta o parece conectarte con la historia, con las ideas de manera concreta. Vas a lavarte las manos –por decir algo– y tienes plena conciencia del tejido de tubos por donde transita el agua. No es que se piensa o se remite a la información aprendida, es conciencia, te conectas con todo el sistema hidráulico de la casa. Te asalta, como algo que está ahí, que no necesita palabras. Aun antes de cerrar el grifo queda dolorosamente claro que los acueductos, los sistemas de cañerías, además de ser hitos del proceso civilizatorio, han sido expresiones de poder, de prestigio, de superioridad. "Ya determinada cultura daba muestras de civilización porque había fabricado acueductos que hoy en día siguen asombrando…" Diciendo sin decir "se parecen a lo que hacemos nosotros". Al lado de los acueductos están las bolas de fuego arrojadas por esa maravilla tecnológica que son las catapultas. Te dejas de lavar las manos. Esa concepción dialéctica de causa y efecto comienzan a darle forma de embudó a la existencia de una causa inicial; sonríes, parece una definición teológica. Más bien es la constatación de que, aunque no sea la causa primera, aunque no esté pegada al big bang o al gesto de una divinidad omnipotente es la causa que desemboca en demasiadas acciones, razones, consecuencias que definen buena parte del ser humano: El poder como apetito preeminente.
Cuando esos programas de "vida salvaje" que se graban en zonas protegidas, llamadas reservaciones, emprenden "el seguimiento" a depredadores desde su nacimiento, comienzan a desmarcarlo de su naturaleza como seres que sobreviven por y con la manada, para endilgarles voluntad, personalidad, vocación, la........
