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La universidad venezolana: colapso epistémico y crisis humanitaria compleja

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17.09.2026

Es tan difícil hoy día tener un pensamiento crítico acerca del mundo universitario, no por el hecho de que haya una censura por parte de las instituciones o del propio aparato del Estado, en el caso venezolano, sino porque coloca a un académico en la dura tarea de revisar su realidad social y profesional, cuando sus anhelos y sueños han estado circunscritos a responder las preguntas necesarias para el crecimiento cognitivo y axiológico de la humanidad. Dejar por un momento el cuaderno de notas de la academia para esgrimir reflexiones acerca de la canasta básica alimenticia y la necesidad de darle a la familia una seguridad en salud y educación que debería darle el Estado por convencionalismo de justicia y pacto social, es un difícil camino para quienes tomamos el complicado camino de la academia como razón de vida y de trabajo.

Antes que nada, es pertinente puntualizar que el académico no nace, se hace con el ejercicio permanente de la competencia y el talento. En la academia hay una carrera permanente por ser los primeros, por demostrar sapiencia, dominio y sobre todo capacidad humana de resiliencia en las disciplinas donde toca hacer docencia (transmitir conocimiento), investigación (producir nuevo conocimiento) y extensión (diversificar el conocimiento hacia otros espacios fuera de las instituciones universitarias). Así como se vive en esa selva académica luchando contra todo tipo de condición humana, el académico tienes una tarea fundamental en el mundo moderno: fijar posición ante los cambios epocales en la sociedad donde vive.

Un académico eunuco palidece en todo en el ámbito universitario; es visto como un conformista, un adulador, un ser sin principios ni convicciones humanas; el producto de un oportunista ejerciendo funciones de académico. Por ello para ser un verdadero académico, es fundamental crear condiciones de debate público acerca de la realidad que se vive y aportar ideas, que, si bien no las toman en cuenta la gran mayoría de las veces, quedan ahí como testigo de que ha existido y que entiende su lugar en el mundo de la vida.

A todas estas, la universidad venezolana actual no enfrenta solo una crisis presupuestaria, sino que enfrenta una crisis de sentido que interpela directamente la conciencia de quienes la habitan. El célebre filósofo francés Jean-Paul Sartre lo advirtió con una crudeza que ninguna época puede evadir, haciendo énfasis en el papel del intelectual como sinónimo de académico: "el escritor está situado fatalmente en su época y no tiene ningún modo de evadirse de ella". El académico, docente, investigador o extensionista, no es un espectador neutral de su tiempo. Sartre añadió que el intelectual o académico "está en el asunto, haga lo que haga, marcado, comprometido, hasta su retiro más recóndito". Esto significa que el silencio, la inacción o el refugio en la torre de marfil también son formas de intervención, y, por tanto, de responsabilidad.

Antonio Gramsci, ideólogo italiano neomarxista, radicalizó esta idea al señalar que los intelectuales no son una casta separada de la vida social, sino que su función consiste en la "elaboración crítica" de la actividad humana para convertirla en una "nueva y integral concepción del mundo". El académico venezolano que delibera su realidad epocal no se limita a describir la crisis: la interpreta, la significa y la convierte en materia de pensamiento.

Para el brasileño Paulo Freire, la conciencia crítica no es un ejercicio contemplativo, sino un esfuerzo permanente por percibir "críticamente cómo están siendo en el mundo". Deliberar la época es, en este sentido, un acto de lucidez histórica: reconocer que la universidad que se desmorona no es un accidente, sino una construcción social que puede ser pensada de otro modo.

La deliberación epocal no se agota en la interpretación: exige autonomía y compromiso, una tensión que el francés Pierre Bourdieu supo formular con precisión al rechazar la falsa dicotomía entre el trabajo intelectual riguroso y el compromiso político. Para Bourdieu, había que ser un sabio autónomo que trabaje según las reglas del scholarship para poder producir un saber comprometido capaz de transformar las cosas.

Esta autonomía no es aislamiento, es la condición para que la voz del académico tenga fuerza propia y no sea una simple caja de resonancia de intereses ajenos. En acepción del francés Michel Foucault, es necesario subrayar una distinción decisiva al desplazar la figura del "intelectual universal", legislador moral que habla en nombre de todos, por la del "intelectual específico", aquel que interviene desde su saber concreto en los dispositivos de verdad y poder de su tiempo. El docente, el investigador y el extensionista no necesitan ser profetas de la nación; necesitan ser deliberantes en su campo, allí donde su palabra tiene competencia y consecuencia.

En acepción del alemán Jürgen Habermas, la esfera pública no es un espacio pasivo de recepción, sino un ámbito donde los actores "procesan su experiencia social y política" mediante la acción comunicativa. Deliberar la realidad epocal significa, entonces, ejercer la palabra académica como una contribución a la esfera pública, no como un monólogo encerrado en el aula o en el laboratorio. El académico que delibera su época se sabe parte de una comunidad argumentativa que lo trasciende, y en esa pertenencia encuentra tanto su límite como su fuerza.

Si la deliberación epocal es un deber, en el contexto venezolano actual, adquiere el carácter de una urgencia existencial. El sabio francés, recientemente fallecido, Edgar Morin advirtió que el conocimiento pertinente es aquel capaz de "situar cualquier información en su contexto" y, si es posible, en el conjunto planetario en el que está inscrita. Un académico que investiga, enseña o hace extensión sin deliberar el contexto de colapso que lo rodea produce un saber amputado, incapaz de comprender las fuerzas que lo determinan.

A juicio del polaco Zygmunt Bauman, al diagnosticar la modernidad líquida, señaló que la educación solía ser "la posibilidad de comprender, acumular conocimientos y comprometerse con algo más grande y perdurable que uno mismo", pero hoy día ese horizonte se ha vuelto precario. En Venezuela, esa precariedad se experimenta de manera extrema: el académico que delibera su época no solamente piensa la crisis, la vive en su salario, en la deserción estudiantil, en la migración de sus colegas y en la parálisis de la investigación.

Deliberar, en estas condiciones, no es un lujo teórico: es una forma de resistencia y de producción de sentido. Gramsci recordó que la construcción de una nueva hegemonía requiere intelectuales que elaboren críticamente las condiciones de su tiempo. Sartre, por su parte, dejó claro que "cada palabra tiene consecuencias. Cada silencio también". El académico venezolano que delibera su realidad epocal asume que su palabra, y su silencio, pesan en la balanza de lo que todavía puede ser pensado y, acaso, transformado.

Esto nos lleva a entender la realidad universitaria venezolana como una paradoja donde sobrevivir a su crisis implica mostrarla como parte del conocimiento global, porque plantea un conflicto profundo y universal, aplicable no solo a Venezuela, sino a cualquier sistema educativo en crisis. En este ejercicio interpretativo se busca conecta lo local con lo global, mientras las universidades del mundo debaten cómo integrar la inteligencia artificial (IA), tutores inteligentes y laboratorios virtuales, las universidades venezolanas luchan por mantener sus puertas abiertas y garantizar la conectividad. Esta contradicción es el gancho perfecto; el ángulo de la IA es el detonante, argumentando qué sentido tiene reconstruir una universidad para un mundo que ya no depende exclusivamente de ella para acceder al conocimiento, cualquier persona puede conversar con una IA, recibir explicaciones personalizadas, resumir libros o interactuar con un avatar que simula ser un profesor. La universidad ha perdido el monopolio del conocimiento; hay implicaciones emocionales y prácticas que toca la fibra de la identidad nacional (la universidad como símbolo de movilidad social), la pérdida (migración de talento) y la incertidumbre sobre el futuro del país; es necesario plantear una formulación práctica del rol de las universidades, convirtiéndolas en un centro de innovación comunitaria que dé respuesta a las necesidades más sentidas de la humanidad.

El mundo académico contemporáneo atraviesa una transformación profunda, impulsada por debates globales en torno a la integración de la inteligencia artificial (IA), los tutores inteligentes y los laboratorios virtuales en los procesos de enseñanza, aprendizaje e investigación. En las universidades de países desarrollados, la conversación gira en torno a cómo estas tecnologías pueden personalizar la experiencia formativa, automatizar la evaluación y ampliar las fronteras de la creación científica, tal como lo evidencian las revisiones sistemáticas de Puente Tituaña, S. P., Bajaña Jiménez, L. A., Serrano Torres, C. E., y Vallejo Flores, K. M. (2024, La inteligencia artificial como recurso educativo en la educación superior. RECIMUNDO, 8(3), pp.48-67), documentan aplicaciones en personalización del aprendizaje, tutoría inteligente y gestión académica en instituciones de educación superior a nivel mundial. Sin embargo, esa misma conversación adquiere matices radicalmente distintos cuando se traslada al contexto venezolano, donde las universidades enfrentan una crisis presupuestaria sin precedentes que las obliga a priorizar la supervivencia institucional antes que la innovación tecnológica.

La brecha entre el discurso global sobre IA educativa y la realidad material de las casas de estudio venezolanas no es un simple desfase temporal, sino una manifestación de desigualdades estructurales que condicionan la manera en que el conocimiento se produce, se circula y se apropia. Comprender esta tensión resulta indispensable para pensar la IA no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta cuyo potencial transformador depende de las condiciones concretas en las que se pretende implementar. En definitiva, la conexión entre lo local y lo global en el ámbito académico venezolano pasa por reconocer que ninguna tecnología opera en el vacío, y que su capacidad de apalancamiento formativo está mediada por la infraestructura, las políticas institucionales y las condiciones materiales de quienes enseñan y aprenden.

La realidad de las universidades venezolanas configura un escenario donde la urgencia cotidiana desplaza cualquier discusión sobre innovación pedagógica. Según datos del Observatorio de Universidades (OBU), las instituciones de educación superior públicas del país operan con un déficit presupuestario que oscila entre el 90% y el 96% de los recursos que necesitan para funcionar (OBU, 2024, como se citó en Soy Nueva Prensa Digital, "Universidades enfrentan déficit presupuestario mayor al 90 %. https://soynuevaprensadigital.com). Las universidades públicas recibieron en el 2024, apenas el 2,60% del presupuesto nacional, lo que se traduce en una asignación de 533 millones de dólares para todo el sector universitario, una cifra irrisoria si se compara con las inversiones que países como Chile o México destinan a sus sistemas de educación superior (Efecto Cocuyo, 2024). Esta asfixia financiera tiene consecuencias directas sobre la conectividad: seis de cada diez estudiantes no cuentan con laboratorios ni bibliotecas especializadas, y más del 60% carece de comedor o transporte universitario. La pregunta que surge entonces no es cómo integrar IA en las aulas, sino cómo garantizar que las puertas de las universidades permanezcan abiertas. No obstante, sería un error reducir la realidad venezolana a una narrativa de carencia absoluta. Existen esfuerzos locales que, con recursos limitados, intentan tender puentes hacia la transformación digital, y esos esfuerzos merecen ser leídos no como excepciones anecdóticas sino como evidencias de una capacidad........

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