Hacia una gobernaza ambiental sólida
El informe titulado "A Critical Review of Impacts of Greenhouse Gas Emissions on the U.S. Climate" (traducción: "Una revisión crítica de los impactos de las emisiones de gases de efecto invernadero sobre el clima en los Estados Unidos de Norteamérica"), coordinado por el Climate Working Group del Departamento de Energía de EE.UU., se presenta como un análisis independiente que busca matizar el discurso predominante sobre el cambio climático, y es que, al leerlo, uno percibe de inmediato que su intención no es tanto negar el fenómeno como reencuadrar la conversación pública, a menudo alarmista, hacia un terreno más técnico y menos emocional.
Este equipo, compuesto por científicos como John Christy, Judith Curry y Steven Koonin, argumenta que las narrativas mediáticas y políticas han exagerado tanto la magnitud de los impactos como la urgencia de las acciones, lo cual, según ellos, distorsiona la ciencia y conduce a políticas energéticas potencialmente dañinas para el bienestar humano. La idea central que atraviesa el documento es que el dióxido de carbono (un compuesto químico formado por un átomo de carbono, C, y dos átomos de oxígeno, O₂, conocido como CO₂, más que un contaminante, es un gas esencial para la vida cuya influencia en el clima es modesta y cuyos efectos directos sobre la biosfera son, en su mayoría, beneficiosos.
Al adentrarse en los impactos directos del CO₂, el informe destaca un fenómeno que a menudo se pasa por alto: el "enverdecimiento global", un proceso documentado por satélites que muestra un aumento significativo de la biomasa vegetal en la Tierra, atribuible en gran parte al aumento de las concentraciones de CO₂ atmosférico. Este efecto fertilizante no solamente impulsa el crecimiento de las plantas, sino que también mejora su eficiencia en el uso del agua, lo que significa que, con más CO₂, las plantas pueden crecer más y necesitar menos agua para hacerlo, un aspecto crucial en regiones áridas. Los autores citan estudios como el de Zhu et al. (2016), que encontraron que entre el 25 y el 50 por ciento de la superficie terrestre experimentó un enverdecimiento entre 1982 y 2011, y atribuyen hasta un 70 por ciento de este fenómeno al aumento del CO₂, un dato que, sin duda, invita a reconsiderar la narrativa de que el CO₂ es exclusivamente perjudicial.
En lo que respecta a los océanos, el informe aborda la llamada "acidificación", aunque los autores prefieren el término "neutralización", argumentando que los océanos no se están volviendo ácidos, sino menos alcalinos, y que este cambio está dentro del rango de la variabilidad natural milenaria. Si bien se reconoce que la disminución del pH podría afectar a los arrecifes de coral, se citan evidencias recientes que muestran una recuperación notable de la Gran Barrera de Coral en Australia, lo que sugiere una resiliencia mayor de la esperada. Además, los autores señalan un sesgo de publicación en la investigación sobre la acidificación oceánica, donde los estudios que reportan efectos negativos graves tienden a recibir más atención que aquellos que no encuentran impactos significativos, un sesgo que, según ellos, distorsiona la percepción pública del riesgo.
El informe dedica una sección considerable a cuestionar los escenarios de emisiones futuras utilizados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático o Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, IPCC, argumentando que estos han sobreestimado sistemáticamente las tendencias observadas y que el escenario RCP8.5 (trayectoria de concentración de gases de efecto invernadero usada en climatología que representa un escenario de altas emisiones), a menudo presentado como "business as usual", es en realidad un caso extremo y poco plausible. Los autores citan a Hausfather y Peters (2020), quienes describen el uso de RCP8.5 como una línea base como "gravemente engañoso", y advierten que esta práctica ha sesgado la literatura de impactos hacia conclusiones alarmistas. Este punto es crucial porque, si los escenarios de emisiones son exagerados, las proyecciones de impactos futuros, por consiguiente, también lo serán, lo que subraya la necesidad de un análisis más riguroso y realista de las tendencias socioeconómicas y tecnológicas.
En cuanto al ciclo del carbono, el informe explica que, aunque las emisiones humanas son significativas, los procesos naturales de la Tierra absorben aproximadamente la mitad de todo el CO₂ emitido, una proporción que se ha mantenido notablemente constante durante décadas. Los modelos de vegetación y océanos coinciden en que la capacidad de absorción está aumentando, aunque existe una gran incertidumbre sobre la tasa exacta de este aumento, especialmente en lo que respecta a los sumideros terrestres. Esta incertidumbre, señalan los autores, se traduce directamente en una incertidumbre considerable en las proyecciones de concentraciones futuras de CO₂ y, por ende, en las proyecciones de cambio climático, lo que debería moderar cualquier pretensión de certeza absoluta en las políticas de mitigación.
Un aspecto particularmente polémico que el informe aborda con franqueza es el sesgo urbano en los registros de temperatura, conocido como el efecto de la isla de calor urbana (UHI por sus siglas en inglés). Los autores argumentan que los datos de temperatura terrestre, recolectados principalmente donde vive la gente, están contaminados por este efecto y que los procedimientos para corregirlo pueden ser insuficientes, lo que llevaría a una sobreestimación del calentamiento atribuido a los gases de efecto invernadero. Citan estudios como el de Soon et al. (2023), que estiman que el sesgo urbano en el hemisferio norte podría haber aumentado la tendencia del calentamiento en un 60 por ciento, un hallazgo que, de ser cierto, tendría profundas implicaciones para la atribución del cambio climático.
La sensibilidad del clima al CO₂, es otro de los grandes temas que el informe desmenuza, señalando que los modelos climáticos, lejos de converger, muestran un rango de sensibilidad que se ha ampliado en las últimas generaciones, lo que refleja una profunda incertidumbre sobre los mecanismos de retroalimentación, especialmente los relacionados con las nubes. Los autores critican que los modelos de la CMIP6 tienen un sesgo hacia un calentamiento excesivo en comparación con las observaciones, y argumentan que los métodos basados en datos, que........
