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Entre el dolor y el placer: la nueva colonia venezolana del siglo XXI

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24.03.2026

“Brito Figueroa, nos señala lo siguiente: […] la población colonial venezolana, sobre todo en 1750-1810, se presenta escindida y estratificada en grupos sociales antagónicos y categorías étnicas diferentes. El problema es complejo y la elaboración de hipótesis coherentes que conduzcan a la explicación de la estructura de clase se dificulta porque la diferenciación económica, basada en el monopolio de la riqueza social por un grupo y la condición de explotados de otros, se entrelazaba con el status jurídico  y los elementos étnicos, quienes además de contribuir a la estratificación, desempeñaron papel significativo en las pugnas sociales que conmovieron los cuadros de la sociedad colonial venezolana.

Federico Brito Figueroa, Historia económica y social de Venezuela (Caracas: Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca, 1973), pp. 160.

“Primero nos dominaron con el látigo, luego nos sedujeron con pantallas”. Así podría resumirse la metamorfosis del poder colonial que atraviesa hoy Venezuela bajo un régimen que simula independencia mientras obedece dócilmente a los intereses de corporaciones globales, principalmente aquellas que controlan los hilos invisibles del petróleo y la minería. No se trata ya del viejo colonialismo de cañones y virreyes, sino de su versión más sofisticada: un tutelaje político que en nombre del progreso y la estabilidad impone un modelo extractivista que destruye la soberanía popular, reproduce la miseria y sustituye la conciencia crítica por el simulacro de bienestar técnico.

En esta forma moderna de dominación, la represión en Orwell y la seducción en huxley se entrelazan para producir una sociedad que no necesita ser doblegada, porque ya aprendió a amar sus propias cadenas.

Cuando los estadounidenses celebraron haber sobrevivido al año 1984 sin un Gran Hermano visible, ignoraron que el verdadero dominio no siempre llega de la bota militar sino del goce pasivo frente a la pantalla, del entretenimiento que sustituye la reflexión, de la abundancia informativa que anestesia la crítica. Lo que Orwell temía —la supresión de la verdad mediante el miedo— se ha mutado en lo que Huxley advirtió: el entumecimiento del pensamiento por saturación de banalidad. En Venezuela, esa lógica se traduce en una maquinaria político-mediática que alterna la censura con la saturación vacía, el castigo con la promesa de placer inmediato, construyendo así un sujeto colonizado que ni siquiera anhela liberarse porque confunde la servidumbre con la supervivencia.

La distopía no llegó en forma de dictadura extranjera abierta, sino de tutela consentida. El Estado venezolano, que antaño proclamó independencia frente a los imperios, ahora se disfraza de soberano mientras entrega territorios enteros al capital foráneo a través de zonas económicas especiales, contratos opacos y alianzas mineras que violan los derechos de los pueblos originarios y devastan ecosistemas completos. El discurso nacionalista que utiliza la memoria de Bolívar o la épica del antiimperialismo sirve hoy para encubrir una recolonización económica impulsada desde dentro.

La paradoja es brutal: un gobierno que se proclama “socialista” y antiestadounidense termina sirviendo como intermediario de las mismas corporaciones transnacionales que dicen resistir, garantizando su entrada segura a yacimientos estratégicos bajo el eufemismo de cooperación o inversión productiva.

Orwell habría reconocido aquí la doble lengua de su........

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