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Entre el disimulo y la inocencia rota: Venezuela leída con Cabrujas y Dostoievski

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28.07.2026

“La política se acuerda en esta parte con la verdad”.

Doctrina del Libertador. Simón Bolívar. 1826.

“La obra no existe sino en presente, como diálogo, no se da de una vez por todas sino que está perpetuamente en proceso de hacerse”.

 Jesús Soto. Cultor del Arte Cinético.

Venezuela parece hoy un país donde la verdad aprendió a caminar disfrazada. A veces se presenta como chiste, a veces como resignación, a veces como ceremonia oficial; pero casi nunca aparece desnuda. En esa escenografía de máscaras, el país del disimulo de José Ignacio Cabrujas y el mundo moral de El idiota de Fiódor Dostoievski dialogan con una extraña vigencia: ambas revelan sociedades donde la apariencia sustituye al fundamento y donde la fragilidad humana queda atrapada entre el engaño, la compasión y la ruina. Leer a Cabrujas junto a Dostoievski en clave venezolana no es un ejercicio ornamental; es reconocer que la crisis material y simbólica del presente ha vuelto cotidiano el conflicto entre lo que se dice, lo que se finge y lo que realmente se vive.

Cabrujas entendió con lucidez que en Venezuela la identidad nacional no podía pensarse sin una cuota de representación. El país, en su teatro social, se mira a sí mismo mientras actúa. Se narra como grande, como generoso, como prometedor, incluso cuando la realidad lo contradice. Ese “disimulo” no es solo una actitud individual; es una cultura política. Disimular es tolerar lo intolerable, suavizar lo que duele, cubrir con retórica lo que en verdad se ha degradado. En ese gesto hay humor, sí, pero también tragedia. Porque cuando una sociedad se acostumbra a disimular, pierde la capacidad de nombrar con precisión su propio derrumbe. Y si no se nombra el derrumbe, tampoco se lo enfrenta.

Dostoievski, por su parte, ofrece en El idiota una figura radicalmente distinta, aunque complementaria: el príncipe Myshkin, esa presencia casi sagrada, vulnerable, ingenua, incapaz de adaptarse del todo a la lógica del interés, la intriga y la manipulación. Myshkin no es tonto; es moralmente desarmado frente a un mundo que ha convertido el cálculo en virtud. Su “idiotez” proviene de no saber participar plenamente del cinismo social. Y allí está la paradoja: en una sociedad corrompida, la bondad puede parecer idiotez. En una sociedad organizada........

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