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Reflexiones críticas entorno al pensamiento político de J. Habermas

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No hay duda de que las ideas de Jürgen Habermas examinadas abordan temas de gran actualidad e interés para las Ciencias Políticas. Aunque no se comparta la concepción habermasiana de la sociedad actual, hay que reconocer que provienen de un intelectual europeo de primera línea, lo que garantiza en su pensamiento profundidad conceptual y originalidad innegable. Las siguientes reflexiones puntuales las hacemos desde una perspectiva rechazada por el propio Habermas, el marxismo:

1. Lo primero que llama la atención de estos trabajos de Habermas es su escasa o casi nula comprensión de los fenómenos económicos. En general, salvo alguna que otra referencia muy general al mercado o a la "sociedad del trabajo", hay una ausencia casi completa del análisis económico.

Esta no es una carencia cualquiera. Su falta de manejo de la perspectiva económica no le permite explicar de manera satisfactoria en qué consiste el aparente "milagro" del Estado social y el por qué de su crisis actual. Habermas reduce la crisis actual del Estado social a un exceso de aparato burocrático. Con lo cual queda oculta la crisis económica del sistema capitalista mundial.

Habermas realiza una separación absoluta y mecánica entre el "poder" y el "mercado", entre Estado y economía. Con lo cual queda oculta la crisis económica crónica del capitalismo, que es la verdadera causa de que el Estado benefactor llegue a su fin. No existe en el análisis habermasiano la crisis económica del sistema capitalista, lo que está en crisis es el Estado social y sus políticas. El "mercado" aparece en Habermas como algo robusto y saludable que se "autorregula" por sí mismo.

2. Este aparente "desliz", tiene trascendentes consecuencias políticas, pues ubica las propuestas de Habermas como una variante neoliberal de la socialdemocracia. Efectivamente, Habermas hace suyos los dos postulados básicos de los neoliberales: primero, reducir y anular al Estado, su "burocratismo" y su intervención en la economía; segundo, permitir a las fuerzas del "mercado" actuar libremente, sin trabas, pues ellas solas se "autorregulan" (lo más que sugiere es una fiscalización exterior al mercado).

De manera que Habermas queda argumentando, desde una óptica más sofisticada, y aparentemente progresista (los valores democráticos de la Modernidad), las mismas propuestas neoliberales impulsadas por los sectores más retrógrados de la sociedad capitalista.

En general, la perspectiva política de Habermas es la de una socialdemocracia que ha perdido por completo la esperanza de transformar el sistema capitalista al socialismo, esperanza que se mantenía incluso en las propuestas reformistas y evolucionsitas de los socialdemócratas de fines del siglo XIX y principios de siglo XX, Kautsky o Bernstein.

Habermas nos propone renunciar a la posibilidad de aspirar a la toma del poder, de controlar la economía y expropiar a la burguesía. Nos propone luchar en el marco del sistema capitalista (al que nunca llama por su nombre), presionando desde afuera a las élites políticas y económicas, en tal o cual sentido, con la simple arma de la "razón comunicativa".

3. Esta perspectiva está agravada por su rechazo de la teoría marxista de las clases sociales, con lo cual presenta al Estado y al Mercado como entes impersonales, que pueden oprimir al ciudadano por obra de sus oscuros designios, pero cuyas relaciones entre sí no son claras, ni tampoco lo es el control de estos por parte de una clase social específica.

Habermas critica al marxismo, rechazando por simplista su perspectiva de clases macroeconómicas, que sería incapaz de explicar las actuales sociedades "complejas". Pero a nosotros nos parece más simplista su esquema de la sociedad constituida por tres estamentos: el poder, el dinero y la solidaridad.

No entender la relación entre las clases sociales, la economía y el Estado, impide entender que el Estado benefactor obedeció a una combinación especial de circunstancias políticas y económicas, cuyo objetivo fue garantizar la sobrevivencia del sistema capitalista y de la dominación de la burguesía mediante la amortiguación de los conflictos de clase (política redistributiva) a la vez que desde el Estado se "dopaba" a la crítica economía capitalista.

La carencia de la perspectiva económica impide a Habermas comprender que la crisis actual del "Estado social" se debe a una crisis crónica y creciente de la economía capitalista (reiniciada a fines de los años 60), explicable por la "Ley de la caída tendencial de la cuota de ganancia", formulada por Carlos Marx en el siglo pasado. En este sentido, la política neoliberal de liquidar las conquistas sociales alcanzadas durante la fase del Estado benefactor, así como el "achicamiento" del Estado, obedece al objetivo concreto de aumentar la tasa de ganancia a costa de las clases trabajadoras.

Como Habermas ha rechazado la teoría marxista de la lucha de clases, no hay en sus trabajos una perspectiva que permita explicar fenómenos políticos de dominación/explotación, como el imperialismo. Pero sólo la perspectiva de la explotación imperialista puede explicar de dónde salieron los recursos que en gran medida sustentaron el "milagro" del Estado social en Europa y Estados Unidos. Pues fuimos los países subdesarrollados quienes transferimos ingentes recursos que permitieron sufragar las conquistas sociales cedidas por las burguesías imperialistas a sus trabajadores.

Ahora, por obra de la crisis capitalista, para sostener sistema capitalista en los países imperialista ya no basta la explotación creciente a que se nos somete (por la vía de la deuda externa, los ajustes estructurales, el deterioro de los términos de intercambio, el desarrollo tecnológico, etc.). Estamos en una nueva fase en la que las burguesías imperialistas están arrebatando las conquistas sociales de la fase anterior, no sólo en los países dependientes, sino también en las propias metrópolis. Esto se hace directamente desde el Estado, ya sea que gobiernen los conservadores, o los socialdemócratas.

4. La ausencia del análisis de clase lleva a Habermas a una idealización de lo que llama "Estado democrático de derecho", en el que supuestamente se encarnarían los ideales democráticos de la Ilustración. A nuestro juicio hay una falsa identificación entre los valores democráticos y los derechos humanos, herencia de la Ilustración de la que el marxismo revolucionario nunca renegó, y una institucionalidad formalmente "democrática" pero al servicio de la burguesía. Es imprescindible separar una de otra.

Al confundir ambas cosas Habermas vuelve a hacer un favor a la política neoliberal que apoya su ofensiva económica y social contra los trabajadores sobre la base de un esquema político aparentemente "democrático" que canalice los descontentos y confrontaciones sociales, evitando que se cuestione el sistema de conjunto.

La división de tareas es muy sencilla en el esquema neoliberal vigente:

1. Todos los partidos parlamentarios aceptan los postulados neoliberales (reducción de la intervención estatal y libre mercado) y se comprometen a aplicarlos férreamente si llegan al gobierno. Mediante diversos procedimientos, se busca evitar que los partidos no comprometidos con el esquema lleguen a poseer representación parlamentaria.

2. Las instituciones formalmente democráticas (sistemas electorales, parlamento, etc.) sirven la burguesía de válvula de escape para el descontento: "si está insatisfecho con el gobierno, desahóguese, pero hágalo votando a la oposición en las próximas elecciones". Falsa alternativa, pues esos partidos están comprometidos con los mismos programas.

En la política mundial actual sobran los ejemplos que demuestran cómo, a partir de una formalidad "democrática", las clases dominantes y el imperialismo, aplican la más feroz ofensiva contra el nivel de vida de las masas trabajadoras. Ahí tenemos, como ejemplo, el rechazo masivo del pueblo francés al Plan Juppé, y el de los trabajadores panameños a las reformas laborales, ambos en 1995.

Literalmente es una "formalidad democrática", porque no vale de nada que los pueblos hagan oír su voz de protesta y rechazo, mediante una feroz y masiva oposición a las políticas neoliberales. Los gobiernos simplemente imponen por la fuerza políticas neoliberales, amparándose el "voto" que los llevó al gobierno. Si se supone que la definición de "democracia es gobierno del pueblo", hay que decir que lo que menos impera los llamados "Estados democráticos de derecho" es la democracia.

Inclusive, la libertad de opinión y manifestación es tolerada tan sólo mientras no cuestione seriamente las políticas de los gobiernos al servicio del sistema imperialista. Una vez rebasado ese punto, los gobiernos "democráticos" no vacilan en acudir a todo tipo de represión, en nombre de la "institucionalidad democrática".

De modo que, contrario a la soñada "democracia radical" de Habermas, fundada sobre la base la acción comunicativa, estamos asistiendo a una profundización de las formas de dominio autoritarias, escondidas bajo un leve barniz democrático, que no tarda en caerse tan pronto las clases oprimidas se deciden, en cualquier lugar del globo, a "patearle el tablero" a esta tramposa formalidad democrática.

Los hechos de la política cotidiana, contrario a las pretensiones de Habermas, cada día confirman la teoría marxista sobre el uso instrumental del Estado por las clases sociales dominantes.

5. La combinación de deficiencias anteriores del análisis habermasiano lo llevan a un rechazo absoluto de la "experiencia socialista", de la que no extrae nada positivo. Habermas no percibe que, pese a la degeneración burocrática de los Estados obreros, los extraordinarios e indiscutibles logros sociales alcanzados en dichos países constituyen conquistas históricas superiores a los alcanzados por los países imperialistas.

En los Estados obreros, las conquistas como el pleno empleo, la escolaridad masiva, los servicios de salud gratuitos, etc., son producto de la transferencia al conglomerado social de beneficios que antes se embolsaban para sí las clases dominantes. Los estados obreros constituyen la única experiencia real de superación de la situación de subdesarrollo en el marco del siglo XX para naciones que llegaron tardíamente al desarrollo capitalista.

En cambio, los beneficios sociales otorgados por las clases dominantes de los países imperialistas a los obreros europeos o norteamericanos son producto en gran medida de la transferencia de las riquezas de los países sometidos a la explotación imperialista. De nuestra miseria salió el bienestar otorgado por el "Estado social" de los países imperialistas, que es el modelo apreciado por Habermas.

Respecto a la degeneración burocrática de los Estados obreros, Habermas traza un signo de igualdad entre ella y la teoría marxista. Habermas no toma en consideración que la degeneración burocrática fue rechazada y combatida por amplias corrientes del marxismo que siempre levantaron, y continúan levantando, la reivindicación de las libertades democráticas junto a la administración socialista de la economía.

Como Habermas ha rechazado de plano la "experiencia socialista" no reflexiona respecto a las circunstancias contingentes que dieron origen a la degeneración burocrática en la Unión Soviética, y que no necesariamente se repetirán por fuerza ante cada nueva "experiencia socialista".

Pero, por supuesto, el combate a la degeneración burocrática no implica cerrar los ojos a la necesidad de que la clase obrera utilice el aparato estatal de manera "instrumental", si no quiere perecer en los marcos de la lucha de clases mundial, pues el "democrático" capitalismo no dudará un instante en lanzar feroces agresiones genocidas, como las vividas en Vietnam o Korea; o asedios económicos, como el sufrido por Cuba; o en financiar criminales guerrillas "contras", como en Nicaragua.

Es justamente este control político, militar y económico del mundo por parte del sistema capitalista imperialista el que explica en gran medida la crisis de los Estados obreros. Lo que fracasó no fue la "utopía de la sociedad del trabajo", como cree Habermas. Lo que fracasó fue la política stalinista de "construir el socialismo en un sólo país" (o pequeño grupo de países como se ajustó la teoría luego de 1945) junto con la administración burocrática del Estado.

Así como el capitalismo debió superar las estrechas fronteras feudales, el socialismo necesita para su pleno desarrollo superar las fronteras nacionales y establecerse como sistema mundial. Mientras el imperialismo mantenga el control del mercado mundial y del desarrollo tecnológico, el socialismo sólo será un sistema incipiente y en lucha por subsistir. Lo que no niega su demostrada efectividad al mejorar notablemente el nivel de vida de los pueblos que han vivido su experiencia limitada. Como señala E. Nolte, vivimos una lucha de clases mundial, pero su último capítulo no está escrito, pues las condiciones objetivas que le dan origen no han sido superadas.

Pero si la Modernidad y sus conquistas democráticas han de tener algún futuro, éste pasa por la conquista del poder político por la clase obrera, la expropiación de los explotadores y la construcción de un régimen socialista que garantice a cada ser humano todos sus derechos, empezando por elemental derecho democrático a una vida digna. Sólo a partir de esta premisa política será posible construir una cultura política basada en una "acción comunicativa".

HABERMAS, J. 1975. Problemas de legitimación en el capitalismo tardío. Ed. Amorrortu.

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