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Cien días

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14.04.2026

La metamorfosis de una dictadura por herencia devenida en protectorado.

No ha sido un hecho deliberado que este análisis se publique el 13 de abril, pero la coincidencia no deja de ser significativa. Esa fecha ocupa un lugar profundamente simbólico y polarizado en la memoria colectiva venezolana. Para el chavismo representa el Día de la Dignidad Nacional, la gesta en que el pueblo, junto a sectores de la Fuerza Armada, revirtió el golpe de Estado de 2002 y restituyó a Hugo Chávez al poder. Para amplios sectores opositores, en cambio, esa misma fecha marca el momento en que se consolidó un proyecto político que sentó las bases de uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente: la dictadura de Nicolás Maduro.

Precisamente hoy, lunes 13 de abril de 2026, se cumplen exactamente 100 días desde el 3 de enero, cuando una operación militar estadounidense capturó a Maduro en Fuerte Tiuna y permitió la entronización de Delcy Rodríguez como Presidenta Encargada. Desde ese día, Venezuela ha sido objeto de una avalancha de interpretaciones que oscilan entre dos polos igualmente insatisfactorios: los que celebran el acontecimiento como el inicio de una transición democrática y los que lo denuncian como una agresión imperialista sin más. Ambas lecturas eluden lo más importante: que lo que está ocurriendo en Venezuela no es ni lo uno ni lo otro, sino algo más complejo, más específico y, en última instancia, más peligroso para el futuro del país que cualquiera de las dos narrativas que compiten por nombrarlo.

Cien días han sido suficientes para instalar en Venezuela un sistema de control tan sofisticado como inédito. No es una metáfora. En estas páginas intento nombrarlo con la mayor precisión posible, porque lo que se ha configurado aquí es, sin rodeos, un protectorado. No estamos ante una transición democrática ni frente a una intervención imperial en su formato clásico, sino ante algo más escurridizo: una forma de dominación que prescinde de tanques en las calles y de gobernadores coloniales ocupando ministerios. El siglo XX volvió insostenible aquel espectáculo visible que llamábamos colonialismo; hoy el dispositivo es más pulcro, más administrativo.

Washington ejerce el control a través de un entramado burocrático que, por momentos, resulta casi imperceptible. El Departamento del Tesoro gestiona licencias y sanciones que asfixian la actividad económica venezolana, sobre todo en sectores estratégicos como los hidrocarburos y la minería. La renta petrolera es capturada antes de llegar a Caracas y administrada desde afuera, previa solicitud y bajo esquemas de rendición de cuentas impuestos a las autoridades locales. Los contratos, por su parte, someten la explotación de recursos clave a jurisdicción norteamericana, mientras se imponen prohibiciones explícitas -nada menos- para que el país refine su propio oro dentro de su territorio.

En paralelo, una élite local -el régimen de Delcy Rodríguez, ese cipayato que se documenta en estas páginas- se ocupa de gestionar la subordinación con un celo que, cabe sospechar, incluso supera las expectativas de quienes la tutelan. Estamos, en definitiva, ante una forma de dominación externa sin ocupación territorial directa, sostenida por mecanismos financieros, jurídicos y administrativos cuya apariencia técnica disimula una lógica de control prácticamente total sobre el destino económico del país.

Nombrar esta realidad con precisión no es un recurso retórico. Es, más bien, el punto de partida indispensable para cualquier estrategia de resistencia o de reconstrucción democrática que aspire a sostenerse sobre una descripción honesta, sin atenuantes, de lo que realmente ocurre.

La narrativa oficial del rodrigato insiste en una capitulación forzada ante una amenaza creíble: una élite cercada que habría negociado concesiones bajo presión, en medio de una operación militar de extrema agresividad y con apenas quince minutos para decidir, bajo la amenaza de su propia aniquilación. Sin embargo, hay indicios que apuntan en otra dirección, y de forma bastante contundente.

Investigaciones de The New York Times y The Guardian documentaron en su momento que las negociaciones que desembocaron en las concesiones actuales comenzaron varios meses antes de la captura de Maduro. Más aún, sugieren que Delcy y Jorge Rodríguez ya mantenían conversaciones en paralelo, y a espaldas del propio Maduro, comprometiéndose a cooperar una vez que este fuera removido. Si esto es así, las implicaciones son difíciles de eludir. El rodrigato no entregó aquello que no podía sostener: entregó lo que ya había acordado entregar. Y esa diferencia importa. No es un matiz retórico. En un caso hablamos de derrota; en el otro, de traición. Tampoco parece que Washington haya escogido a su interlocutor venezolano después de actuar: todo indica que la elección fue previa.

La llamada filtrada del 10 de enero de 2026, en la que Rodríguez relató el momento de la captura ante comunicadores oficialistas, terminó por despejar cualquier duda, aunque probablemente sin proponérselo. Allí expuso con claridad los tres objetivos que, según ella, guiaban al alto mando político: preservar la paz, rescatar a los rehenes y -el tercero, el decisivo- "preservar el poder político, porque la Revolución Bolivariana, si no está en el poder político, bueno, imagínense ustedes el destino de este país". No habló de soberanía. Tampoco del orden constitucional. Habló, sin ambigüedades, del poder político de la élite gobernante.

El manual operativo: qué dicen realmente las licencias

Entre el 29 de enero y el 1 de abril de 2026 -apenas 62 días- la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió o actualizó veinte instrumentos vinculados a Venezuela: licencias generales, órdenes ejecutivas y decisiones administrativas que, tomadas en conjunto, configuran lo que este análisis propone llamar el manual operativo del protectorado. Consideradas de forma aislada, muchas de estas medidas podrían pasar por decisiones de política comercial. Pero al leerlas como un sistema, lo que aparece es otra cosa: una arquitectura de dominación de una precisión poco habitual en la historia reciente de las relaciones interamericanas.

El primero de los mecanismos, y probablemente el más decisivo, es la captura de la renta soberana. La Orden Ejecutiva 14373, firmada el 9 de enero de 2026 -seis días después de la captura de Maduro-, creó los llamados Foreign Government Deposit Funds. A partir de allí, cualquier pago dirigido al gobierno venezolano o a PDVSA por concepto de petróleo, gas, oro o minerales debe depositarse en fondos bajo control directo del Departamento del Tesoro. Desde esos fondos, según explicó el senador Marco Rubio ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado el 28 de enero de 2026, los recursos son transferidos a una cuenta en Qatar que funciona como fideicomiso bilateral. El gobierno de Rodríguez, en ese esquema, debe presentar mensualmente un presupuesto detallado de sus necesidades de financiamiento, mientras que Washington conserva la facultad de vetar partidas específicas.

En la práctica, Venezuela ha dejado de percibir directamente los ingresos derivados de sus propios recursos naturales. Opera más bien como un administrador delegado de una renta que primero pasa por Washington y que solo retorna a Caracas en la medida -y bajo las condiciones- que allí se determinen. El propio título de la Orden Ejecutiva merece atención, por lo que deja........

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