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¿Espiral del silencio o revolución?

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02.09.2026

Ensayo de opinión sobre Venezuela, dependencia, poder y soberanía en tiempos de incertidumbre

Introducción: cuando el silencio empieza a hablar

Hay momentos históricos en los que una sociedad parece estar hablando a gritos precisamente porque casi nadie se atreve a decir lo que piensa. El silencio, entonces, deja de ser ausencia de palabras y se convierte en un lenguaje político. Es un silencio espeso, calculado, prudente, temeroso; un silencio que mira alrededor antes de pronunciar una frase y que, antes de formular una crítica, pregunta mentalmente: «¿Quiénes estarán escuchando?».

La Venezuela de esta hora parece encontrarse en uno de esos corredores oscuros de la historia. La salida de Nicolás Maduro del poder, según los reportes difundidos en los últimos días, y la instalación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada han abierto una etapa excepcionalmente incierta. Pero la incertidumbre no se limita al destino institucional del país. Se extiende sobre la economía, la industria petrolera, la soberanía, el futuro de Petróleos de Venezuela (PDVSA), la relación con Estados Unidos, el papel de China y Rusia y, sobre todo, la pregunta que atraviesa como una corriente eléctrica el debate nacional: ¿quién decidirá finalmente qué se hace con la inmensa riqueza natural venezolana?

El 28 de agosto de 2026, Donald Trump anunció un acuerdo mediante el cual Estados Unidos obtendría control mayoritario, a través de asociaciones con empresas privadas, sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas venezolanas. Reuters señaló que el esquema busca revitalizar la industria petrolera venezolana, mientras que AP describió una estructura que otorgaría a una entidad vinculada a capital estadounidense una participación efectiva del 55% de la producción de los campos involucrados. Los detalles jurídicos y financieros, sin embargo, todavía presentan zonas oscuras. Dos días después, Delcy Rodríguez afirmó que el acuerdo energético tendría una vigencia de 25 años, contemplaría 17 campos estratégicos y tendría como meta superar 1,5 millones de barriles diarios. También habló de unos 209.335 millones de dólares de ingresos para Venezuela tomando como referencia un precio de 65 dólares por barril. La diferencia entre una promesa de recuperación y una estructura de subordinación no puede resolverse mediante consignas. Tampoco mediante nostalgia revolucionaria ni mediante entusiasmo privatizador. Requiere análisis.

Y aquí aparece la «espiral del silencio», concepto formulado por Elisabeth Noelle-Neumann, como una herramienta particularmente sugerente para comprender el clima político. Su teoría sostiene, en términos generales, que las personas tienden a callar cuando perciben que sus opiniones son minoritarias y temen el aislamiento social. La opinión pública funciona, así, como una especie de termómetro colectivo: cada individuo observa qué posición parece dominante, calcula el riesgo de hablar y decide si se expresa o se esconde. La consecuencia puede ser paradójica: una opinión que no necesariamente es mayoritaria termina pareciéndolo porque sus adversarios han dejado de hablar.

Pero ¿qué sucede cuando el silencio no nace solamente del miedo a la sociedad, sino también del cansancio, la frustración, la dependencia económica, el control institucional, la polarización, la incertidumbre y la sensación de que las decisiones fundamentales ya se toman fuera del país? Entonces la espiral puede transformarse en algo más profundo: una espiral de resignación. Mi tesis es que Venezuela enfrenta hoy una lucha simultánea entre dos fuerzas. Una es la espiral del silencio: la tendencia de sectores sociales, políticos e intelectuales a callar ante acontecimientos que consideran peligrosos o contradictorios con sus antiguas convicciones, bien por miedo, bien por cálculo, bien por agotamiento. La otra es una posible ruptura de ese silencio: una recuperación de la capacidad crítica nacional que no tenga dueño ideológico y que pueda cuestionar tanto el autoritarismo interno como la subordinación externa.

La cuestión, por tanto, no es simplemente revolución o contrarrevolución. Es más incómoda: ¿puede existir una revolución política que renuncie a la soberanía económica? ¿Puede llamarse recuperación nacional a una operación en la que una potencia extranjera adquiere una posición dominante sobre una parte sustancial de los recursos estratégicos? ¿Puede la oposición democrática aceptar semejante fórmula sin preguntarse por sus consecuencias constitucionales? ¿Puede la izquierda denunciarla sin reconocer sus propias responsabilidades en el deterioro de la industria? Y, finalmente, ¿puede el venezolano común recuperar la palabra sin quedar atrapado nuevamente entre dos silencios: el impuesto desde dentro y el inducido desde fuera?

Noelle-Neumann y la política del silencio

Elisabeth Noelle-Neumann desarrolló su teoría de la espiral del silencio a partir de sus investigaciones sobre opinión pública y comportamiento político. Su planteamiento apareció inicialmente en la década de 1970 y posteriormente se desarrolló en su libro Die Schweigespirale, publicado en 1980. La teoría parte de una observación elemental y profundamente humana: las personas no sólo quieren tener una opinión; también quieren pertenecer.

El miedo al aislamiento es una fuerza política extraordinaria. Un individuo puede soportar una derrota electoral, una discusión familiar o incluso perder una batalla intelectual. Lo que le resulta mucho más difícil es sentir que ha quedado fuera de la comunidad. Por eso Noelle-Neumann sostuvo que los individuos observan continuamente el «clima de opinión» para saber qué ideas pueden expresar públicamente sin quedar aislados. La teoría no dice que todos callen siempre ni que toda opinión minoritaria sea falsa. Dice algo más inquietante: que la percepción de mayoría puede producir efectos reales independientemente de que corresponda exactamente a la distribución objetiva de las opiniones.

Aquí encontramos una primera llave para leer la Venezuela contemporánea. Durante años, la política venezolana fue organizada alrededor de una estructura binaria: chavismo contra antichavismo; revolución contra oposición; patria contra imperio; socialismo contra capitalismo; resistencia contra intervención. Esa arquitectura tuvo una enorme eficacia emocional. Permitió simplificar una realidad extraordinariamente compleja en dos grandes campos morales. Pero las sociedades no permanecen eternamente dentro de dos casillas. Con el tiempo aparecen ciudadanos que no quieren regresar al viejo modelo político, pero tampoco quieren entregar sus recursos a una potencia extranjera. Aparecen chavistas que cuestionan la conducción de su propio movimiento. Aparecen opositores que empiezan a desconfiar de las soluciones tuteladas desde Washington. Aparecen empresarios que quieren inversión extranjera, pero exigen reglas transparentes. Aparecen trabajadores petroleros que desean recuperar la producción, pero temen perder derechos. Aparecen jóvenes que no tienen una relación emocional con las viejas batallas ideológicas y preguntan, sencillamente: «¿Qué queda para nosotros?».

Cuando esas posiciones intermedias no encuentran representación, la sociedad queda expuesta a una nueva forma de silencio. El intelectual puede callar porque teme ser acusado de chavista si critica a Washington. El chavista puede callar porque teme ser acusado de traidor si critica al gobierno. El opositor puede callar porque teme ser considerado antipatriota si cuestiona un acuerdo impulsado por Estados Unidos. El empresario puede callar porque necesita mantener abierta la puerta de sus negocios. El trabajador puede callar porque depende del salario. Y el ciudadano común puede callar porque está demasiado cansado para volver a una guerra política. El resultado es extraordinario: todos tienen algo que decir, pero cada uno cree que es peligroso decirlo.

Del silencio social al silencio geopolítico

La teoría de Noelle-Neumann puede ampliarse, con cautela, al terreno geopolítico. En este caso, el «clima de opinión» no se refiere únicamente a lo que piensa la mayoría de los ciudadanos, sino también a lo que las élites políticas consideran posible, aceptable o inevitable.

Una nación periférica puede desarrollar un hábito histórico de adaptación a las decisiones del centro. Aquí resultan fundamentales Raúl Prebisch, Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faletto, André Gunder Frank y Samir Amin. No todos pertenecen a la misma corriente intelectual ni coinciden en sus diagnósticos, y sería un error convertirlos en un coro homogéneo. Pero todos, desde perspectivas diferentes, ayudan a pensar una pregunta esencial: ¿cómo se estructura el poder mundial cuando unos países concentran capital, tecnología, finanzas y capacidad militar, mientras otros dependen de la exportación de materias primas?

Prebisch formuló la conocida perspectiva centro-periferia para explicar que la economía internacional no opera como un espacio neutral donde todos los países compiten en igualdad de condiciones. La periferia tiende a especializarse en bienes primarios, mientras el centro concentra actividades industriales y tecnológicas de mayor productividad. La consecuencia histórica es que el intercambio internacional puede reproducir desigualdades estructurales.

Cardoso y Faletto profundizaron el problema mostrando que la dependencia no es solamente económica. Está relacionada con alianzas sociales, estructuras políticas y formas concretas de organización del poder. Su gran aporte consiste en impedirnos imaginar que la........

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